
La carrera 2 bis
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Imposible saber con precisión si la situación inverosímil que vivió Hortensia del Perpetuo Socorro Sánchez García en Santafé durante aquel periodo obligado de vacaciones hubiese sido igual o al menos parecido en cualquiera otra parte del mundo. Como le ocurrió esa vez a donde la llevaron su mente atafagada y ‘pasos cansados de luchar por nada’, como en privado se recriminaba y fustigaba el alma.

—Parece que afuera el sofoco no da tregua. Además, hacia donde se mire y alcanza la visa… ni una nube se logra ver.
—En esta ciudad hay smog por todo lado, sobre todo allá arriba, por esto el calor pega más duro aquí que en otra parte. Dicen en noticias, señora, que esta temperatura en constante ascenso será en adelante la normal, más en verano. Cosas del calentamiento global, según los que saben de esto. Nos fritaremos en nuestra propia manteca, como dicen en mi pueblo.
—Espero que para donde vamos… sea algo más fresco, por lo que averigüé en la Internet.
—Muy poco. De pronto algo más de brisa, pero el sofoco, como dice usted, durante gran parte del día es casi el mismo. Mire no más, señora, que por allá hasta los árboles gritan del calor y los transeúntes claman por su sombra esquiva…
—¿Qué árboles? —lo interrumpió Hortensia.
—Pues los que vienen sembrando desde hace unos veinticinco años cuando unos inversionistas muy ricos decidieron convertir el antiguo botadero municipal en la zona de mayor valorización residencial y corporativa de la ciudad… como lo es hoy. Allá el metro cuadrado es el más costoso del país y solo vive gente rica, corporativos de muchos países y turistas de clase como usted. Por fortuna para personas como yo, por la oferta laboral que todo esto genera.
—Es bueno saber que hay árboles… me imagino que en los andenes.
—Por toda parte: en las alamedas, en las redondas, mejor, todavía, en su inmenso parque donde hay senderos como el de los encinos… que, aunque apenas en crecimiento, hasta historias cada uno tiene o esconde bajo sus incipientes brotes.
—Bueno saberlo… ¿a qué historias se refiere?
—Ese parque, por lo general, es visitado a diario por tres tipos de personas, fuera de los trabajadores que lo cuidan y mantienen y los de varios restaurantes, constructoras y otros negocios que hay... la mayoría son testigos de lo que allá pasa a diario.
—A ver, lo escucho, que me picó la curiosidad. Dijo tres tipos de personas… ¿qué es lo que pasa por allá?
—Según el Waze, estamos a menos de veinte minutos del destino, por lo que me daré prisa para contarle algo.
—Adelante.
—Ese inmenso larguero de parque, con lagos, fuentes, senderillos de agua para su oxigenación, enmarcado por rascacielos con formas poco convencionales, al cual más caprichosas, es visitado especialmente por turistas. Me imagino que usted lo tiene en su agenda para pasear, sobre todo en la tarde y mejor al anochecer. También, se puede comer en sus restaurantes de primera clase o hacer deporte. Si no lo tiene incluido, se lo recomiendo. El segundo grupo de personas son habitantes que hacen lo mismo que los turistas, más el paseo obligado con el perro. Esto, porque la mayoría viven solos o con pareja, pero sin hijos, por lo que las mascotas hacen parte fundamental de la familia. Tras la pandemia y la llegada del teletrabajo el perro es la disculpa perfecta para salir y estirar las piernas.
—En la mayoría de las ciudades grandes hay lugares como el que me describe y personas con roles y situaciones similares, incluidas las mascotas.
—Sí, casi todos los turistas que transporto dicen lo mismo. Pero, en lo que sí es único el parque es en el tercer grupo de clientes.
—Que son… ¿quiénes?
—Todos aquellos que tengan raspones en el corazón, dudas en sus sentimientos afectivos, intenciones de amar, encontrar pareja, necesidad de consejo o ideas encontradas, sean habitantes de la zona o de otras parte de la ciudad, también empleados y últimamente turistas.
—Entiendo… es decir: ¡enamorados!
—No sé si ese adjetivo sea el que mejor califique la situación, señora.
—¿A qué se refiere?
—El parque, en cada caso y de diferente manera, busca la forma de comunicarse con el individuo que necesita oír su voz, así este no la pida o busque. Entonces, el parque le indica, según el raspón que este tenga en el corazón o en la mente, el sendero que debe seguir… pero que pocos le hacen caso, por lo que despuesito… ¡purrundún!, tome por zopilote.
—Disculpe, Horacio, suena a realismo mágico eso de que el parque busca la forma de comunicarse con sus visitantes, especialmente los que tienen raspones en el corazón o en la mente, como usted dice. ¿Cómo es que lo hace y qué evidencia hay al respecto?
—Señora, a la gente que le pasa casi nunca lo comenta, excepto cuando se toma sus copitas de mezcal o lo deja en sus cartas de despedida.
—Entiendo, pero insisto: ¡no deja de ser realismo mágico!
—Realismo mágico o no, en mi caso, que soy parte de la evidencia, señora, me pasó con la Lupe. Chinita que traje del pueblo y aquí, cuando le crecieron las alas… voló y voló, como ‘La calandria’. Yo tenía mis dudas, por lo que, en una de mis tardes libres me fui para el parque y bajo un encino joven escuché que alguien me dijo que cuidara mejor lo que tenía en casa…
—Entonces, ¡¿qué pasó?!
—Pues, órale, ¡qué le iba a hacer caso! A poco rato la bandida se largó con un trailero que le ofreció pasarla al otro lado de la frontera… Por allá está presa porque el tipejo ese le dio un paquete que le cogió la migra.
—¡Lo siento, Horacio! Entiendo aquello de los raspones, como caracterizó a los del tercer grupo de visitantes del parque…
—No se preocupe, que ya se me está pasando el arañazo. Pero ahí no queda por completo definido este tercer grupo.
—¿Entonces?
—Como es tan grande y largo, algunos solitarios van a meditar, otros a pedir ayuda o a confesarle al silencio triste lo que de pronto piensan hacer. Las parejitas se citan o van a retozar bajo sus árboles en crecimiento. Cuentan que cuando están allá, alguna voz o señal les pregona lo que será de ellos y qué camino deben coger. Casi ninguno le hace caso, como tampoco lo hacen los amantes dispares que se citan en sus restaurantes, sobre todo los domingos al anochecer… hasta cuando el anuncio trágico presenta credenciales. Mire, señora, pasando esta caseta con pago encontramos el centro comercial y de ahí a la torre del hotel es cuestión de tres o cuatro minutos. En este grupo también caben las personas solas que no se atreven a contar su historia ni a pedirle consejo a nadie, así el corazón lo grite por los ojos. Por lo general, siempre bajo la frágil sombra de algún árbol, especialmente los ubicados al lado y lado del Paseo de los encinos, unos y otros escuchan o ven la senda que han de seguir o evitar… pero que pocos siguen ni evitan. Al contrario, más se empecinan. Señora, no hay peor terco que aquel que sabiendo por donde debe o no coger, se lleva la contraria y después se lamenta por los corotos rotos.
—¡Historias increíbles, Horacio, me despachó en poco tiempo! Por favor, para no quedarme con la espina… ¿a qué se refiere cuando habla de amantes dispares?
—Son aquellas relaciones prohibidas y en las cuales hay diferencias grandes de edad y de estatus económico entre los implicados. Sucede, especialmente, entre un hombre adinerado y viejo con alguna jovencita bonita de bajos recursos, por lo general, empleada de este o subalterna donde trabajan. También suele pasar, pero, al contrario: viejona forrada con muchacho bonito, pobre o vividor. Sé de varios casos en los cuales los encinos del parque les anunciaron con voces, vientos y hasta sombras, sobre todo a los viejones enamorados, más tercos y necios estando en esas, que esa relación los destruiría, no solo a ellos, también, inexorable, a sus familias. Como en efecto sucede poco tiempo después. ¡Llegamos, es en esta torre color crema, con centro naranja! El botones la espera en la entrada. No lo olvide, detrás de este edificio hay una redonda. Sobre la otra calzada de la avenida encuentra, de lado y lado, restaurantes excelentes con todo tipo de comida y… una cuadra más allá, la entrada norte del parque.
Por el cansancio que le produjo el vuelo y el impase en el aeropuerto con su demora al pasar el filtro de migración, esa media tarde Hortensia decidió, una vez sola en su habitación cómoda y con vistas maravillosas, era en el piso 32, darse una ducha y luego recostarse en una poltrona ubicada en la sala contigua a la alcoba. Desde ahí observaba hacia la bien planificada avenida, con edificios, como le dijo Horacio, al lado y lado y con formas caprichosas. El sol vespertino daba de costado. Afuera la temperatura era elevada, mientras en el firmamento azul, con una bruma gris visible a lo lejos, la ausencia de nubes impresionaba y castigaba la retina.
Revisó en su celular y se sorprendió al ver el reporte de la temperatura: 34 °C, con pronóstico invariable hasta las 19 horas, cuando comenzaría a menguar en algo. La información que tenía sobre el clima de esa megaciudad, según lo averiguó en Google cuando decidió hacer el viaje y para esa temporada que incluía el solsticio de verano, era en promedio de 25 °C durante gran parte del día y fresco en la noche. Entonces, recordó las palabras de Horacio al respecto:
—Este bochorno se debe a un golpe de calor. Peor es más al norte en donde por estos días llegó a los cuarenta. Dicen que en julio la cosa se pondrá más fea. Tal vez, porque, al decir de algunos, que por allá tumbaron toditos los bosques para sembrar aguacate, agave y maguey… ¡eso dicen!
Hortensia decidió recostarse y evitar salir a la calle. A esa hora eran pocos los transeúntes visibles desde el ventanal. Estos iban de prisa eludiendo el inclemente rayo de sol y el sofoco. La mayoría llevaban sombrillas, gorras o cachuchas. Minutos después se quedó profunda. Solo la despertó el rugir de una moto desbocada en alguna parte. Eran más de las seis de la tarde. Sin embargo, tal parecía que el Sol no daba tregua y el calor exterior tampoco. La bruma gris parecía cada vez más cerca y densa. La ausencia de nubes en el firmamento le produjo un extraño sentimiento que, en ese momento, no pudo diferenciar si era miedo, presagio o tristeza.
Recordó que Horacio le dijo que, cerca, pasando la avenida, encontraría restaurantes. Se decidió: iría, conocería y comería. Tenía hambre. Se cambió. Se colocó ropa fresca, gafas oscuras y una pava. Le pareció curioso usarlas a esa hora. En su ciudad, con solo 375 metros de mayor altura sobre el nivel del mar en relación con esta, a esa hora comenzaba el anochecer y tendría que salir bien abrigada, sin gafas ni cubrecabeza.
Al lado y lado de la bonita y planificada avenida encontró restaurantes lujosos con menús para todos los gustos; también, establecimientos comerciales de alta gama. Unos y otros localizados en los primeros y segundos niveles de cada edificio. Estas elevadas moles parecían obras de arte arquitectónica en permanente exhibición. Le causó curiosidad que algunas exhibían en sus bahías monumentos, pinturas, retratos y otras expresiones plásticas ‘nostálgicas y con tendencia a la desesperación’, pensó. En especial, por aquellas tres desmembradas manos gigantes de cemento, como queriendo alcanzar con desespero algo perdido que en su momento no pudieron retener... ¡o tener! O por aquellas caras cúbicas incompletas con miradas escondidas en el imposible olvido. Más, todavía, por esa pintura del segundo piso de un rostro en frenesí que, al verlo de lejos por entre el marco metálico bermejo ubicado frente al siguiente rascacielos, le generó a Hortensia la sensación de estar tras las rejas de la angustia en plena calle.
Durante ese primer rodeo que hizo a lo largo de cuatro o cinco cuadras, de ida y regreso, conociendo y tomando fotos, buscó la sombra de los edificios y de los árboles. Ahí la temperatura era inferior a los 27 o 29 °C que le indicaba el celular.
—‘Clima desbocado como airado que castiga por sus pecados ambientales a la humanidad deschavetada’ —pensó.
Tenía decidido ir al parque. Un gruñido estomacal le advirtió que desde el emparedado y el café que tomó antes de abordar el vuelo esa mañana no había probado bocado, ni siquiera en el avión. Estaba parada ante un restaurante atractivo donde su administrador, Eloy, como le dijo que era su nombre, por demás atento, la invitó a seguir.
—Bienvenida a Giornale. Contamos con un menú internacional que satisfará, no solo su paladar y apetito, también, aquí la paz del alma le llegará al ratito.
Decidió ingresar llevada por el hambre que la acosaba y atrapada por la gentileza de Eloy, lo impecable del lugar y un vaso cafetero publicitario de casi tres metros de alto ubicado a la entrada. Este tenía un mensaje sugestivo: “¿Ya sonreíste hoy?”. Entró y solicitó el recomendado del día.
—Sin picante alguno, por favor.
Mientras le servían y llevaban revisó el menú. Le pareció que ese lugar sería el indicado para desayunar y cenar todos los días. Además, los precios eran justos. No solo esto, el restaurante quedaba camino al parque, donde, sin explicárselo por completo hasta ahora, quería pasar gran parte de su descanso en esa ciudad. En ese momento decidió que no iría a otro lugar.
—‘Viene a descansar, a pasarla bien y esta zona me parece la indicada’ —pensó y se justificó.
Tomó fotos del lugar, congenió con el mesero, el administrador y el metre. Gustosos con la comensal extranjera, quien, además de atractiva y afable, era generosa. Incluyó una propina del 30 %. Pagó, se despidió y encaminó, tomando fotos de cuanto veía interesante, hacia donde el administrador le indicó que quedaba la entrada norte del parque.
Cuando llegó a la inmensa entrada norte, además de fotos, tomó aire profundamente y suspiró. La vista, hacia donde la dirigiera, subyugaba, sobre todo a los sensibles del alma, cada vez menos en el mundo.
—‘Si me lo contaran o alguien me describieran este lugar… no lo creería’ —se dijo y volvió a suspirar, sin parar de tomar fotos, aprovechando la luz del atardecer entrado en taciturno como caluroso anochecer.
Eran las 7:30 p.m., lo observó en su reloj.
Recorrió el parque de ida hasta la entrada sur y se regresó en busca de la norte. Estaba fatigada, no solo por el ajetreo del viaje, el impase en migración, en especial, por la ola de calor que se negaba a dar tregua. Su ropa estaba empapada y quería regresar al hotel para bañarse y acostarse. En ese momento observó que en un edificio cercano quedaba una cafetería. Era Le Pain Quotidien. Se decidió y entró al elegante establecimiento ubicado en la rotonda comercial. El mesero que la atendió, de nombre Alan, por el letrero en su pecho, le ofreció para la sed y el cansancio agua fresca de flor de jamaica con frutos rojos y chía.
—Señora, esta bebida, además de exquisita —le dijo el joven mesero cuando se la llevó—, no solo le calmará la sed que produce este golpe de calor que nos azota por estos días, también, y como la vi venir del parque, le suele calmar los nervios a todos aquellos que, por alguna razón, lleguen a escuchar el grito de los encinos y los magnolios en flor, condenados a dar refugio con su sombra a quien pase por sus senderos y lo necesite, así no lo pida. Casi siempre sin agradecimiento ni reconocimiento alguno.
El mesero se retiró y Hortensia, libando despacio, se quedó pensativa y reflexionando sobre lo curioso del comentario. Pronto lo olvidó… o hizo caso omiso. Al terminar de disfrutar el refresco pidió la cuenta, canceló y se encaminó rumbo al hotel, diagonal a esa cafetería.
A las 9:17 p.m., tras una refrescante ducha y colocarse ropa ligera para dormir, decidió revisar en su tableta las fotos que tomó con su celular. Cada una le parecía que contaba una historia.
—Historias que nada tienen que ver conmigo —se dijo.
Historias de aquella megaciudad, en especial, de la modernísima y cosmopolita zona corporativa y que, según los titulares de noticias que le llegaban al celular, esta y toda la región era afectada por una intensa ola de calor jamás vivida.
—‘Historias que tal vez a nadie le contaré y que una vez regrese a la ALI y me refugie de nuevo en mi trabajo, ¡mi cómplice y codena en vida!, quizá olvidaré o de vez en cuando recordaré’.
Eso era lo que pensaba a medida que avanzaban las fotos en la pantalla, hasta cuando apareció la número 7.
No recordaba haberla tomado. Estaba segura de no haber sido ella.
—Tal vez toqué el botón sin darme cuenta cuando el foco estaba en dirección al piso —se dijo para tratar, más que de explicarse, tranquilizarse.
La foto era dramáticamente nítida y mostraba el piso en granito de uno de los senderos del parque. En esta, junto a su sombra, que era su sombra porque reconoció su silueta, la parte del vestuario y las sandalias que llevaba, además de saber que ese era su pie y uña, casi pegada a la de ella había otra sombra. Parecía ser la de un hombre caminando a su lado, hombro a hombro, como si conversaran amistosamente.
—¡Imposible! Esto pasó de castaño oscuro —casi grita para cerciorarse de que no era un sueño.
Entonces, cerró la tableta, sacó un refresco de la nevera, se lo tomó despacio, apagó la luz y se acostó. El sueño se fugó porque su mente estaba obsesionada. Trataba de encontrar una explicación lógica. Cuando le fue imposible, rendida, casi al amanecer y tras decidir que ese día regresaría al mismo lugar donde posiblemente ocurrió, logró cerrar los ojos.
Antes de las nueve de la mañana, en sudadera, tenis y con cachucha, tras desayunar en Giornale, volvió al parque, como lo hizo durante los siguientes seis días de su estadía en Santafé, mañana, tarde y noche, antes de regresar a su país. Tomó cuantas fotos pudo. Estuvo atenta para evitar fotos involuntarias. Esta vez, así como en los siguientes seis días, en ese y otros lugares, bajo la sombra de algún encino incipiente, una voz romántica que nunca supo de donde salía, o no le importó saber, siempre le decía:
—El remedio para su mal de amor está en su corazón. Permítale la entrada a la persona que aparece en el sendero de la premonición. De lo contrario, la tristeza le contagiará por completo la razón.
Luego de cada recorrido pasaba por Le Pain Quotidien donde Alán, al verla acercarse le servía el agua fresca de flor de jamaica con chía. De ahí, rauda se dirigía a la alcoba en el piso 32 de su hotel para revisar las fotos tomadas. Siempre en la número 7 y siguientes aparecían las dos siluetas humanas, cada vez más cerca y junto a la sombra del encino.
Un día antes de su regreso al país, tras volver del parque y pasar por donde Alan, por fin el cielo tuvo la caricia de las nubes y el fresco se hizo notar en el ambiente. Salió a la avenida y tomó la última foto de aquella galería arquitectónica.
—Debe ser una señal de cambio —se dijo, encaminándose a su hotel.
Una vez en la soledad de su refugio, desde donde capturó casi todas sus vistas, se sentó en el sofá y revisó las fotos de ese día. En especial, las que ella nunca tomó, pero que ahí estaban. Le causó angustia notar, o querer notar, que en algunas de estas las sombras humanas parecían irse degradando, como si los cuerpos de sus quiméricos proyectantes se desvanecieran poco a poco en un adiós de angustia que ella no sabía si quería propiciar, evitar… o, tal vez, como siempre, ignorar; pese a la fatalidad que esto implicaba, según Horacio, Eloy y Alan. Los únicos con quienes habló de este asunto durante esa semana de obligado descanso mágico en Santafé.

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