
Gobierno del cambio desde la tribuna de gorriones
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Cómo olvidar, Chaguaní del alma, ese inconfundible y exquisito sabor a mango maduro… esos de color entre amarillo amanecer y naranja de arrebol que colgaban, insinuantes y provocativos, de las ramas sobre la polvorienta carretera; allá, entre los cafetales de Corinto, camino a Las Sardinas… Fruta tentadora que cogerla, morderla, devorarla y correr para que Campo Elías Rivera no nos echara los perros era una aventura imposible de evitar, en ese entonces de lúdica e inquieta niñez, añorada hoy, cuando el atardecer aminora el paso y ahoga el aliento.

Río Magdalena a su paso por Puerto Chaguaní[/caption]
Casi palmario, y en etéreos espirales que propaga la brisa quejumbrosa emanada de Cerrocón en busca de las torres de la iglesia, estas, visibles desde muy lejos, en Chaguaní, por doquiera, se aspira el aroma del café. Cuando no es el de su nacarada flor, lo es el de la dulce baya en estado escarlata al ser cogida de la mata o el de la cereza pergamino al secarse al sol en las terrazas; mejor, aún, el que hierve en el fogón de leña y se sirve en ancestrales tazas esmaltadas, con humeantes y crocantes arepas de maíz acompañadas.
El café chaguaniceño es una mimosa y exquisita bebida para dioses en retozo, se haya recolectado su pepa, con refrescante guarapo para saciar la sed de la dura jornada, en las plantaciones de los Saldaña, lo Ramírez, los García, los González, los Rubio, los Rivera, los Vergara, los Medina, los Nossa, los Mateus, los Ayure, los Santamaría… En Campoalegre, Nuquía, Llanadas, Platanal, Loma Larga, Pedregal, Loma Gorda, Convenio, El Placer, La Estrella, Aposentos, La Macarena… o doquiera sea, en tanto en Chaguaní suceda.
¡Sí, amoroso como los besos es el café de Chaguaní! En cada sorbo se liba la esencia y pureza de una tierra de arraigo campesino. Tierra de una gente jovial y noble que la riega y abona a diario con sus sueños, sus fiestas, su poesía, su trabajo, sus canciones, sus añoranzas y sus alegrías.
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La casa donde nací[/caption]
¡Sí!, el tinto chaguaniceño es como ese amor de imposible olvido, más aún cuando es prohibido, pues ha sido engendrado en cafetales de escondidas pasiones y furtivos idilios, tan vividos, por la indómita prole de cupido… aguerridos y laboriosos campesinos cuya máxima esperanza está fincada en un mejor mañana para sus hijos; así como, que al llegar al portal de la vejez, no les falte una grata compañía para tomar juntitos, cogidos de la mano, oteando el sol de los venados, una humosa taza de café o de agüepanela con limón y sabor a estrellas fugaces y recuerdos idos.
Tan pronto se anuncia el ocaso, cautivante lienzo rural cundinamarqués, por doquiera en los potreros bufa el ganado. Primer aviso para estos labriegos: ¡seres irrepetibles! que hicieron de estas gratas y panches laderas su hogar-empresa. Mugida señal que invita a dejar por ese día la huerta, el yucal, el platanal, el maizal… sembradíos de autoconsumo, subsistencia e intercambio dominical. Vespertino aviso de las reses para que no se olviden de llevarlas al corral, darles sal, agua y su nocturna protección y, al siguiente amanecer, les ordeñen su tibio, sápido y abundante prodigio natural.
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La escuela donde estudié[/caption]
Son tantos los recuerdos, los momentos, las historias pueblerinas y los sitios de estas rumorosas labrantías chaguaniceñas… tantos los fascinantes olores, los mágicos sabores, los indescifrables sentires e impactantes paisajes… tantos los grandes hombres como las valerosas y ejemplares mujeres, ¡bellas todas!, que ha parido esta bendita tierra, que describirlos, que citarlos uno a uno sería imposible; mas no por eso tal grandeza es imperceptible.
Chaguaní, pueblo de gente como ninguna, de diáfana luz, de fértil campo, de historia patria, de nostalgia, alegría y pujanza; todo esto, y mucho más, paisanos y extranjeros han de llevar indeleble en las alforjas de la mente. ¡Acuarela social de bella geografía humana! que irresistible es dejar de plasmar en pinceladas, esculturas, versos y frases errabundas… Aunque, al difundir este guardado secreto se corra el riesgo de que el mundo descubra, y muchos quieran llegar a la cuna del arcoíris, inmersa entre en estos montes y quebradas de encanto y fantasía en donde ulula, al cantar el gallo, además del antojoso olor del cerrero tinto mañanero, libado al compás de una tonada arrabalera, el de las naranjas al ser abiertas… antojo que hace agua la boca e inspira piropos para la coqueta guisandera.
¡Esta es, así es la fructuosa tierra del Varón del Cerro de Oro!, ¡mi Chaguaní del alma!
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Cerrocón y Las Sardinas, donde de niño me bañé[/caption]
Bucólico terruño donde nació Apolonia… Policarpa Salavarrieta, la Pola. Aunque, por un desliz histórico, reconcomio pueblerino, su cuna se le atribuya a la epónima y siempre ponderada villa vecina, pegada sobre su costilla occidental. Equivocación reiterada y ampliada por historiadores y medios. Yerro del que, al parecer, pocos quieren darse por enterados, menos, intentar corregir. Ni siquiera la mayoría de sus verdaderos paisanos. Tal vez para no incomodar a nadie.
Algún día, quizá, la historia, las artes plásticas, la literatura o todas a la vez revelarán que Apolonia vino al mundo, vio su primer rayo de luz allá, en lo que ahora es un carreteable a Guaduas, en la vereda La Tabla, en un punto al que le dicen El Hoyón. Allá, donde, desde tiempos que escapan al recuerdo, alguien hizo una casa y la llamó: ¡La Polonia! Ahí, contaban los abuelos de los abuelos, con conocimiento de causa, nació esta heroína nacional cuyas palabras, tan vigentes, ningún colombiano, más “Hoy que la amada patria se halla herida…”, debiese olvidar; por el contrario, bueno sería rescatar para entender la razón del artero y particular hábitat político actual… y el venidero, tal vez: «Viles soldados, volved las armas contra los enemigos de vuestra patria… ¡Pueblo indolente! ¡Cuán diversa sería hoy vuestra suerte, si conocieseis el precio de la libertad! Ved que aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más. No olvidéis este momento».
Gracias, Apolonia, paisana, tu luz, legado y sacrificio no han sido en vano. Estos seguirán siendo el derrotero de una sociedad que reclama a gritos el desarme de las almas de todos y de cada uno de sus connacionales, el silenciar de los fusiles y la esquiva paz nacional, negada y atajada por unos pocos, ¡los mercaderes de la guerra!, quienes con tan inicuo flagelo hinchan, cada vez más, sus pestilentes alforjas de miseria e ironía.
Chaguaní y toda Colombia se merecen vivir con bienestar y disfrutar sanamente, sin atropello alguno, de su inmensurable riqueza natural y humana.
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Puente Amarillo, rumbo a la ciudad[/caption]Publicidad
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