
Gobierno del cambio desde la tribuna de gorriones
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¡Les diré por qué ahora me dicen que valgo un poco más que una vaca normanda preñada! Para entrar en contexto es preciso que sepan algo de la historia de mi vida, al menos la que recuerdo… o quiero recordar. Todo comenzó cuando el humano ‘me rescató’ de aquel charco al que allá le dicen piscina. Como solía hacer, ese día fui a tomar algo de agua. De un momento a otro me alzó y llevó hacia un carro que minutos después emprendió viaje hacia la gran y fría ciudad, lejos de donde se quedaron mamá y mis hermanos.

Luna, la gata salvaje[/caption]
Luna es salvaje, tosca y poco cariñosa. Sin embargo, al ser la líder, posición que no me interesa disputarle, me gusta que lo sea y como es. Le aprendí gran parte de lo que era menester, como enfrenar y matar a una falsa coral, cazar y descabezar ratones para llevarlos como ofrenda y compartirles a los humanos, aunque, hasta donde entiendo, poco y nada les gusta que los atendamos de esa manera. Luna sabe dónde y en qué momento hay comida viva y cómo atraparla. Pese a que, sin falta, mañana y tarde los humanos llenan nuestros platos con alimento procesado.
Esa gata negra patrulla y caza en la noche. Se arruncha en las mañanas y durante casi todo el día en los sofás, poltronas, sillas y camas de los humanos, ahora que, como a mí desde el principio, la dejan entran a la casa grande donde vivimos. Lo que al comienzo le negaban por oler a monte, ser salvaje y tosca en su trato con ellos. Luna poco a poco bajó su prevención. Entonces, les permite una que otra caricia; sobre todo las que le hace la cachorra humana, aunque de vez en cuando la rasguña.
Aprendí a imitar a Luna, porque, fuera del gusto que todo esto me genera, siento que va con lo que soy: ¡un felino!, no obstante, de ser el consentido del humano y jefe de la gran manada de esta casa y, en consecuencia, de su pareja y sus cachorros; estos cada día más grandes y ocupados en sus quehaceres aburridos y estresantes.
Más estresantes y enfermizos desde hace unas cuantas fases de la luna cuando, al parecer, hubo cambios en sus rutinas de subsistencia. Por lo que ahora la humana mayor se la pasa más en casa. Las preocupaciones y discusiones se volvieron frecuentes y sus energías nos impactan a todos: yeguas, vaca, cabra, perros, gallos y gatos. Quizá por eso, quizá, la yegua preferida del humano, a la que le decían La Monja, recién preñada, de un momento a otro algo le pasó y se murió. La enterraron en la mitad del potrero donde pastaba esa vez.
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La Monja[/caption]
Poco después suerte similar tuvo la costosa cría de la 252. Nació antes de tiempo y se ahogó. Lo enterraron en el potrero donde pastaba aquella yegua torda. Esta, a la semana se la llevaron, nunca supe para dónde.
Los cachorros humanos, casualidad del destino, quizá, en ese periodo, también, de algo cada uno se enfermó y en la ciudad los atendieron a tiempo y los recuperaron.
En este orden de ideas felinas ahora les diré, entonces, el motivo por el cual, tal como escuché cuando me sacaron del hospital y regresé a la casa tras casi tres fases lunares:
—Ahora Jota, el gato, vale un poco más que una vaca normanda preñada.
En compensación con los humanos que velan por nosotros, a los animales con los cuales estos convivan o tengan dependencia y afinidad, nos corresponde, en simbiótica contraprestación vital, protegerlos y, llegado el caso, dar la vida por ellos. Para esto contamos con la más efectiva e ineludible de nuestras capacidades: absorber pasiva y paulatinamente sus energías dañinas, producto de sus desvaríos, preocupaciones que les son de difícil o imposible resolución y enchipadas enfermedades físicas y mentales. Así nos cueste la vida o nuestra estabilidad e integridad física.
Eso hicieron La Monja y la cría de la 252. Estas dos yeguas estaban entradas en años, por lo cual, quizá, sus esencias eran vulnerables. Algo similar les pudo pasar a los dos cachorros humanos que de un momento a otro enfermaron. Pero estos, al estar en pleno crecimiento y ser llevados a tiempo a los especialistas, superaron el impacto y se están recuperando.
Las otras yeguas y Majo, con sus crías en gestación, la cabra, los dos perros cazadores y Luna son jóvenes y tienen la fortaleza de la ruralidad donde han vivido siempre. Absorben y encapsulan en sus hieles las energías que los humanos cercanos, producto de sus fieras tribulaciones, expelen sin siquiera darse cuenta, cual mecanismo de defensa.
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Paquita, la cabra[/caption]
Igual hago y sigo haciendo, con mayor razón al ser el consentido del humano líder de esta bonita manada… ¡mi manada! Lo vengo haciendo desde cuando me adoptaron y ahora con mayor énfasis y dedicación, unas cuantas lunas atrás, tras la tribulación de subsistencia que se les presentó sin esperársela. Al estar tan cerca de ellos percibo y absorbo lo que más puedo de aquel humor enrarecido, ¡caustico! que él y su pareja ahora expelen casi a toda hora. Quizá, de no hacerlo así, algo todavía más delicado les hubiese pasado; me lo dicen mis bigotes blancos.
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Bigotes blancos[/caption]
Reconozco que mi esencia y fortaleza lejos están de las de Luna y las de los otros integrantes cuadrúpedos de la gran manada, y menos desde cuando de un momento a otro comencé a respirar con dificultad y dejé de comer. Los humanos me llevaron a la capital para que me punzaran, drenaran el pulmón aquel y controlaran la anemia que me dejó en los meros huesos.
El dinero escaseaba aún más cuando llegó el momento de pagar la elevada cuenta hospitalaria y llevarme de regreso a casa. Por esto el cachorro mayor les pidió a sus padres que vendieran a su Majo, preñada. Dinero con el cual pagaron parte de los costos de mi hospitalización, cirugías y los remedios que me salvación la vida.
En consecuencia, lógica felina, ahora es mayor mi compromiso con mi manada. Aspiraré con devoción y a toda hora sus energías dañinas hasta cuando el medio pulmón que me queda lo permita.
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Majo, la vaca[/caption]Publicidad
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