
Si lo es aquí en soledad, por impuesta y hasta conveniente distancia social, más difícil sería si tal vez me apareciese por allá, más que a riesgo, a expresar a grito herido esto que aflige y destroza mi corazón. Sé que algo similar le pasa a cualquiera al intentar juntar palabras, haya o no talanqueras de esto o aquello, tras la inexorable partida de una persona simpar. Peor cuando se trata de un amor prohibido, imposible, como en nuestro caso.
Aunque sobre decirlo… lo diré de todas formas, a ver si me sale. Un ser amado, al partir a lontananza, lo seguirá siendo por siempre; más si, como tú, fue ejemplar en todo el sentido de la palabra; aunque en tu caso hayas tenido un solo desvarío: amarme en silencio ignoto para corresponderle a mi travieso amor durante tantos años, llenándome de ilusión de vida e infinitas alegrías.
Por siempre estarás aquí a mi lado, doquiera sea, doquiera estés, doquiera vayas.
Permanecerás dentro de mí y de aquí nada ni nadie podrá sacarte, ni siquiera el tiempo, tampoco el avasallador olvido que suele castigar a algunos con implacable saña al traspasar el inexorable portal de la senectud… El que me hubiese gustado padecer al tiempo, los dos, juntitos. Como nos lo prometimos cuando nos conocimos y lo reiterábamos de cuando en vez. Más en estos últimos años al comenzar a sentir, y a padecer en silencio amargo, que éramos para nuestros respectivos allegados algo así como una carga, como un pereque del cual ninguno de ellos quería saber, menos echarse encima, encargarse, ¡envainarse! Como sí lo hicimos nosotros con ellos y casi por cincuenta años, a toda costa y sin pensar siquiera en recobros de ninguna índole.

A partir de este momento… y en adelante, ignoro cómo reponerme ante este, el cual será cada vez más grande, yerto precipicio de tu ausencia… Un vacío en el alma insondable al evocarte, al mencionarte, al llamarte y no escucharte, al buscarte y no encontrarte entre la bulliciosa soledad de mi entorno familiar y cercanos, que, aunque presentes, cuando más se les necesita… están ausentes o se hacen los disimulados. Y hasta los entiendo, en parte, porque ellos ahora estarán viviendo sus respectivas vidas, a su manera y acomodo; como lo hicimos tú y yo por tanto tiempo, en nuestro momento.
Por eso, de ahora en adelante mi estrategia será sencilla, simple. ¡Tal vez!, o eso espero.
Sea lo que sea, pase lo que pase, decidí incrustar nuestra historia de amor en mi corazón; así te llevaré por siempre aquí, adentro de mí. Desde ahora serás mi etérea y más cercana compañía. Hablaremos en el umbral de la agonía, calmarás las tristezas mías al recordarte con cada suspiro que salga de mi alma compungida. Llenarás, como antes, cada instante de mi vida con fantasías. Te visualizaré en cuanto destello ilumine mi camino, gritaré tu nombre y te encontraré hasta en el abismo de las sombras del envejecido olvido, cuando este aparezca por ahí, ya sea de noche, ya sea de día.
Así lo haré, como sé que tú lo harías, de ser al revés esta dura travesía, esta prueba de dolor inmarcesible que solo calma hallará cuando nos volvamos a ver, besar y abrazar allá… en la eterna alegría.
Gracias por tantos momentos inenarrables, más que compartidos, disfrutados con frenesí… aunque a raticos y siempre a escondidas.

