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viernes, diciembre 2, 2022

Todos podemos ser faro de esperanza

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Maria del Refugio Sandoval Olivas
Maria del Refugio Sandoval Olivas
Hgo del Parral, Chihuahua, México La pasión por escribir se manifestó desde su juventud, consolidando su primer encuentro formal, con su participación en el año 2002 en Historias de Migrantes, en el 2007, responde a    convocatoria emitida por la SEP y su historia de vida docente es seleccionada en la antología“Huellas en el tiempo”. En el 2009 publica el libro autobiográfico “Anhelos, sueños y esperanzas”, en el 2011 “Una Rosa sin Espinas”, 2013 es antologada en “Experiencias directivas exitosas”, 2015 y 2016 antologada en “Monografía de Competencias docentes”, convocadas por ENSECH; colaboradora en el Diseño de guías estatales para trabajar los Consejos Técnicos Escolares, autora de varias ponencias publicadas digitalmente,  como “Oralidad de la Lengua” en Argentina,  asistente y ponente en Congresos Educativos, dictaminadora del Congreso Nacional de Investigación Educativa, cuento “Dulce” publicado en 2018,  “Suspiros rotos” poemario publicado en 2019, cuentito “La navidad y yo” 2019; además,  es editorialista semanal en el periódico “El Sol de Parral”. Jubilada de SEP en el 2017 sigue aportando al sector educativo como: tallerista para padres de familia, docentes, alumnos y público en general. Conferencista en distintos niveles educativos en el estado de Chihuahua. Participante activa en los “Encuentros de escritores parralenses” Cuenta cuentos en preescolar y primaria. Practica el cachibol, en la Delegación de jubilados y pensionados DIV2 Socia activa de la Benémerita y Centenaria “Sociedad Mutualista Miguel Hidalgo”
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México, es el decimotercero país más extenso del mundo y el tercero en América latina. Está situado en la parte meridional de América del Norte, colindando al norte con Estados Unidos, al sur, con Belice y Guatemala, al oriente con el Golfo de México y el Mar Caribe y al poniente con el Océano Pacífico. Fronteras geográficas, que, por un lado, abren brechas de oportunidades para atraer al turismo por la belleza geográfica de sus distintos ecosistemas y entornos naturales, tales como la belleza de sus playas, bosques, selvas, desiertos, montañas, arropados con la peculiaridad de su flora y fauna.

Por otro lado, su cercanía con países latinoamericanos que sufren de violencia política, económica y, por ende, de desestabilización social, le han permitido ser puerta de entrada a la migración más fuerte que se ha registrado en los últimos años, cuyo destino final de los migrantes, es llegar al país de los sueños: Estados Unidos.

Había leído algunos artículos, seguido las estadísticas nacionales e internacionales al respecto, incluso, he escrito sobre la migración, enfocando a una de nuestras fronteras más grandes: ciudad Juárez; sin embargo, es muy distinto leer, escribir, e incluso, observar a algún migrante pidiendo ayuda en los semáforos de las calles, a cuando se presenta la realidad en toda su intensidad.

Recientemente, fui invitada a un viaje con destino a Oaxaca, convocado y organizado por el Desarrollo Integral de la familia (DIF), que agrupa a personas de más de media década de vida, transportadas en camión, con distintas paradas de descanso como: Querétaro, Puebla hasta llegar a Huatulco.

Quedé gratamente sorprendida de la belleza y cuidado de estas nueve bahías vírgenes que conservan la nitidez de sus aguas y la poca o casi nula mano del hombre en su entorno inmediato.

De regreso, tomamos la carretera costera, por encontrarse en mejor estado y tratando de evitar algún cierre de esta, ya que frecuentemente son tomadas por indígenas de las zonas, para que su voz sea escuchada y entrar en etapas de negociación. No bien habíamos transitado tres horas, cuando fuimos sorprendidos por un bloqueo; cientos de campesinos invadieron el camino y no había forma de pasar, lo único que nos tranquilizó un poco, es que el chofer del camión se fue abriendo paso hasta un pequeño expendio de comida. Ahí había muchos vehículos estacionados, además de contar con sanitarios para hombres y mujeres.

La señora estaba ante el fogón de la lumbre preparando unas deliciosas tortillas de maíz, las sartenes quedaron vacíos en un momento y la fila de gente esperando alimentos seguía creciendo. No había nada más, sin refrescos ni bebida de ninguna especie, solo tortillas con sal.

Ella envió a otra comunidad a un hombre joven, extremadamente delgado y de piel muy oscura, que evidentemente no tenía los rasgos físicos de los mexicanos a comprar quesillo a una ranchería cercana; le dio las indicaciones para llegar y el hombre salió corriendo, mientras tanto, la hija de la dueña, levantó un pedido para entregar las quesadillas tan pronto llegar el suplemento especial.

De pronto, el llanto desgarrador de una pequeña llama mi atención y me hace aproximarme; una mujer joven de aproximadamente veinte primaveras, sostenía a dos chiquillos entre dos y cuatro años. El más pequeño estaba prendido de su pecho, tratando infructuosamente de sacar algún alimento de esos contenedores naturales que yacían vacíos. Cuando le pregunté la causa del llanto de la niña, me contó una historia tan desgarradora, que sin lugar a dudas las he leído e incluso observado en televisión, pero cuando se escucha de viva voz y se observa en la vida real, no se encuentran las palabras precisas que puedan expresar la magnitud del sufrimiento externado.

Dijo venir con su marido desde Venezuela, tener más de cincuenta días viajando, que habían atravesado, selva, ríos, dormido en pórticos y pasado frío y hambre. Su esposo, el hombre moreno, alto y demasiado delgado que había visto correr tras el quesillo, trataba de apoyar a la gente para ganarse unas monedas. La joven me extendió la carta de aceptación en California, donde recibirían ayuda humanitaria, solo quedaban diez días vigentes para su fecha de vencimiento, y ellos aun con un largo camino por recorrer.

Nos comentó que muchos de sus compañeros de travesía habían perdido la vida, que otros habían abordado el tren de la muerte, y que otros simplemente se habían perdido de vista. Gloria, mi compañera de viaje, al igual que yo, estaba profundamente conmovida ante la escena y narración. Le dimos las quesadillas que difícilmente habíamos adquirido y subimos al camión y solicitando a la coordinadora del viaje que les diera un espacio en los pasillos del autobús, «ya que venía completamente ocupado» para aproximarlos a la frontera; ella lo negó de inmediato, diciendo que tendríamos que pasar por algunas casetas de migración donde solicitarían un documento con fotografía que diera cuenta de nuestra identidad, además de que ella traía registrados a todos los viajeros y era ilegal hacerlo. Ante la tristeza manifiesta en nuestros ojos, nos permitió pedir apoyo monetario o de comida a los pasajeros. Algunos lo hicieron de inmediato, otros voltearon la cabeza o buscaron un justificante, como cuando decidimos ignorar un hecho, como si por eso, dejara de existir.

Le entregamos a la joven el dinero y algunas cosas de comer, platiqué largo y tendido sobre sus expectativas con este viaje y el por qué se habían decidido abandonar su país. Comentó que había vendido su casita para tener algo de dinero, que su madre se había quedado sufriendo intensamente por esa decisión y que ellos, lo único que buscaban, era que sus hijos crecieran en un lugar con más calidad de vida.

Gloria y yo, lloramos en un rincón apartado, nuestras miradas reflejaban la desesperanza por todas las injusticias del mundo, porque ella, aun con todas las penalidades que la vida le presenta, habla de un Dios que ha estado presente en su existencia y aún hay un brillo de esperanza en su mirada.

Mis lágrimas eran por miedo, por cobardía, porque a veces me quebranto ante situaciones en las que debería permanecer fuerte; por ella, por sus hijos, por mí, por el mundo y las injusticias; por esas malas decisiones que toman los gobernantes y que arrastran a su población al dolor y desesperación.

Después de más de tres horas de retención, hubo alguna negociación y nos permitieron pasar. Emprendimos el camino de regreso, con esa mirada fija de agradecimiento, con esas manos despidiéndose de nosotros, y con el corazón sangrando por lo poco que hacemos ante las adversidades que enfrentan los migrantes.

Quise escribir y compartir esta historia en Revista Latina, porque su génesis y coordinación parte de conocer tradiciones, leyendas, así como las causas y consecuencias que han motivado la migración de los latinoamericanos, al igual que agradecer a las personas, organismos y comunidades que se convierten en puertos de ilusión para quien más lo necesita.

 

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2 COMENTARIOS

  1. Excelente artículo que narra de manera sencilla pero conmovedora las vicisitudes que los migrantes tienen que pasar por atreverse a querer cambiar de vida. El dolor y el hambre que sufren junto con sus hijos, al no contar con recursos; pero sobre todo refleja la impotencia de la escritora al no poder brindar más ayuda y auxilio a esta desafortunada familia venezolana. Espero que hayan podido lograr su cometido y ya estén en tierras estadounidenses haciendo uso de ese documento tan valioso que portaban. Aunque la verdad, tristemente me parece difícil.
    Gracias por compartirnos esta experiencia.

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