72.2 F
Raleigh
viernes, agosto 12, 2022

Entre palabras y letras

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Wilson Rogelio Enciso
Wilson Rogelio Enciso
Escritor colombiano (Chaguaní, 4/15 de julio de 1958), profesional en Ciencias Políticas y Administrativas (Administrador público), especializado en Administración de la Planeación Urbana y Regional y diplomado en: Docencia Universitaria, Educación Virtual, Educación a Distancia y Planeación Estratégica. Laboró con el Estado colombiano entre 1978 y 2015 y fue docente universitario de 1986 a 2012. Es autor de una saga de dieciséis novelas, dos en proceso y cuatro en perspectiva, dos compilaciones de narraciones románticas y más de sesenta relatos. Obras publicadas: La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe , 2016, novela. Con derrotero incierto , 2017, novela. Enfermos del alma , 2018, novela. El frío del olvido , 2019, novela. Amé en silencio, y en silencio muero , 2017, compilación de narraciones románticas. Matarratón, 2021, novela. Es autor de cuentos y relatos que sube de manera periódica a redes y que publica en Revista Latina NC , en Escondite Literario Tropical y en su página wrenciso.com . Fundó y gestiona desde 2016 la iniciativa literaria: Una novela para cada escuela . Busca incentivar la lectura desde el aula de clase en lugares remotos y de difícil acceso a la literatura, tanto en su país como en otras partes del mundo.

Al finalizar el evento que gestionó y llevó a efecto el joven poeta, los tres acordaron ir a cenar, como despedida antes de partir hacia sus lugares de origen. Hasta el encuentro solo eran amigos virtuales. Esto, gracias a la magia de las redes y al mutuo gusto por las letras que, tras algunos años, por fin los juntó durante la ejecución de esa quijotesca industria literaria.
Lo de ellos solo era eso: «Una amistad a distancia», como solían decirse al tocar el tema. La relación nació cuando la editora de la Revista Latina NC le encargó al poeta, uno de sus corresponsales internacionales, que escribiera un artículo sobre un latinoamericano desconocido que publicaba relatos y cuentos subcontinentales para ese medio.

Al investigar en redes de quién se trataba, el poeta optó, mejor, por hacerle una entrevista. Luego de la divulgación y otros eventos virtuales en los cuales lo fue involucrando, el europeo se les unió y conformaron la triada. Este era amigo del poeta, también de forma virtual y de tiempo atrás, con quien hizo migas al coincidir en la Revista One Stop, uno con sus contactos, publicaciones y gestiones alrededor del mundo, su más preciada gema, el otro por algunas funciones de difusión y corresponsalía que en esta hacía a solicitud y encargo de la directora de aquella publicación cultural en el viejo continente.


Tras la cena y unas pocas horas de sueño en el hotel que los hospedaba, unos pisos arriba en el mismo complejo arquitectónico donde quedaba el restaurante escogido para la despedida, el poeta y gestor cultural regresaría al país al cual emigró por temas de espinuda nostalgia política que afectaban a su amada patria centroamericana. El polifacético columnista internacional cruzaría el Atlántico con destino a casa. El tercero añoraba la protección y refugio que le brindaba su Escondite Literario Tropical enclavado en alguna de las montañas de los Andes… amén de por fin, en la solemne tranquilidad de su anonimato, ponerse a escribir unas cuantas historias que capturó durante aquel viaje, así como apuntalar y terminar otros proyectos en proceso.


Una vez acomodados en la terraza del segundo piso del sofisticado restaurante internacional, con vistas a la imponente glorieta del Ahuehuete y protegido en su entrada por dos inmensas fieras metálicas, se acogieron a la recomendación del metre: un corte de lomo de res añejado en seco de 21 días y acompañado con el vino de la casa. Estaban exhaustos, casi por parejo; tal vez algo más el poeta, el más joven de los tres, por la parafernalia que les implicó el evento.
El escritor europeo, unos veinte años mayor del joven y quince por debajo del otro, tenía cuerda para seguir por largo rato haciendo uso de la palabra, uno de sus placeres: hablar. El vate, por el cansancio poco decía, apenas lo suficiente (corrió de aquí para allá y habló más de lo que se imaginó durante el certamen), pero continuaba al tanto de sus acompañantes. Además, observaba la sobriedad del lugar y la esmerada atención del personal del establecimiento, pulcramente uniformado y sincronizado.
El suramericano permanecía absorto, como lo hizo durante la mayor parte del evento. Los escuchaba con la misma parsimonia como lo hacía cada vez que alguno de ellos lo llamaba vía WhatsApp, por lo general una noche cada semana. Poco y nada le gustaba hablar. Cuando lo hacía o le tocaba era breve con sus aportes o respuestas. Era más dado a escucharle e interpretarle en los gestos, tonalidades y posturas a la gente sus historias encapuchadas para luego, en la intimidad de su ignoto refugio, usando siempre el pincel de la transfiguración literaria, plasmarlas en letras embreadas de ficción social.
Tal vez, por esta cualidad, sin desatender su entorno, no le perdía atención al paisaje social, típicamente subcontinental, que ofrecía la estación de autobuses Hamburgo. A esa hora de la noche incipiente algunas personas, «quizá trabajadores», se dijo, hacían cola ordenada para abordar los inmensos buses rojos del servicio público masivo, de dos pisos, que llegaban con sincrónica regularidad a recoger y dejar pasajeros.
El periodista persistía en su plática sobre su próxima novela y la reseña que el suramericano le hizo de la publicada ese año. Reiteraba que de los tres él era el que menos calidad y proyección literarias tenía. Descollaba algunos detalles del evento y, así, sobre otros tantos salpicados temas opinaba mientras, al unísono, comenzaron a dar cuenta de los deliciosos panecillos y otras viandas de la entrada.
—¡Cortesía de la casa! —les enfatizó al llevárselos la mesera principal encargada de atenderlos.
Viandas que poco a poco fueron consumidas, remojadas con la primera tanda del Cabernet Sauvignon servida por un tercer mesero, ahora a prudente como discreta distancia, presto a dispensar en la medida que los tres comensales libaban de sus elegantes copas de Burdeos. Al parecer, en la cocina, invisible a simple vista, más no al agudo olfato de algunos, los adobados trozos de carne comenzaban a ser objeto del calor de la parrilla.
Entre tanto, entre mordiscos y sorbos, entre comentarios de esto y de aquello, les dieron trámite a sus mutuos agradecimientos, a sus mutuos reconocimientos, a las insoslayables propuestas y planes individuales y colectivos que podrían desarrollar. En este acápite la charla se tornó más animada. Tal vez, por los efectos de la salvaje vid de las cavernas. Botella que, gracias a la eficiente labor del mesero discreto pronto habría de ser reemplazada por la segunda.
Quien hacía mayor uso de la palabra era el curtido periodista europeo, famoso por haber entrevistado a medio mundo conocido, ¡personalidades todas!, además de tener publicadas dos novelas interesantes y otras en proceso. El poeta lo seguía, no tan de cerca. El tercero se limitaba, aunque un poco menos inhibido, a seguir el hilo de la conversación, sin perder de vista, de reojo, el panorama del tempranero anochecer sobre la amplia e iluminada avenida y el trasegar de los ignotos transeúntes imbuidos en la cotidianidad urbana. A unos tantos de estos, y hasta donde le alcanzó su cada día más acortada visión y exponencial imaginación, el suramericano les fabricó a lo largo de la velada una historia, según la postura corporal, la angustia o la prisa que a distancia les atisbó… o les achacó, como era su costumbre hacerlo.
Desde cuando los tres hombres, modestamente vestidos, cruzaron por entre los dos leones metálicos, tamaño natural, uno color plata y el otro dorado, ubicados al lado y lado de la puerta principal del restaurante, contiguos a la gran vitrina de carnes, y se toparon con la suntuosidad del lugar, el mayor de los tres fue captando y grabando en su imaginario historias que, tal vez, guardaba y destilaba aquel lugar, en particular, cada una de las mesas estratégicamente ubicadas a lo largo del inmenso y pomposo recinto.
Una vez llevados a la terraza, según la reserva hecha esa mañana por el poeta, cuando solicitó el mejor lugar para tres, el suramericano contempló y de inmediato les fue fabricando relatos cortos a los comensales de las mesas más cercanas, según los involuntarios mensajes corporales y comportamentales de cada cual, con el refuerzo de una que otra escapada frase por ahí.
Su creatividad la comenzó con un egregio caballero, fina y elegantemente ataviado, unos cuantos años mayor que él, sentado al final de la terraza en una mesa para uno, inmediata a la reservada para ellos. Junto a los platos y copas tenía una agenda abierta y una pluma fuente dorada, parecía enchapada en oro, con la cual algo apuntaba de vez en cuando. Esa pequeña mesa reposaba sobre una especie de podio desde donde «el ilustre personaje», así lo bautizó el suramericano, podía observar con ventaja, no solo hacia el interior del restaurante, desde ahí tenía dominio visual de parte de la terraza y de la gran avenida Reforma y su amplia y arbolada glorieta.
—«Tal vez sea el mayor atractivo de ese ‘trono’ —pensó el suramericano desde cuando los acomodaron en la dispuesta para ellos, sin pasar inadvertida la mirada soslayada que este les hizo al verlos ingresar y comprobar que fueron ubicados cerca de él—, razón por la cual, aquel, quien destila ínfulas de escritor consagrado, aunque de rancia guardia y cara de pocos amigos, paga caro para inspirarse cada vez que viene por acá».
El personal del restaurante, así como otros clientes curiosos en mesas cercanas, incluido el solitario del trono elevado, seguían el hilo de la charla con disimulada y discreta fascinación. Los atuendos que lucían despreocupadamente aquellos tres recién llegados hombres, poco acordes con la sobriedad del lugar, así como la bulliciosa mezcla de sus disímiles acentos, los hacían notorios. Ninguno dejaba por completo de mirarlos, ni de estar atentos en lo propio. De vez en cuando los empleados se cruzaban uno que otro suspicaz guiño.
Durante la cena tampoco pasaron desapercibidos para la imaginación del mayor de los tres, por ende, no se escaparon de sus creaciones, sobre todo, los comensales de las mesas ubicadas atrás y a la derecha de donde estos estaban. La pareja del lado, tal vez setentones y esmeradamente bien arreglados, por lo observado durante el rato que estuvieron, celebraba a solas un aniversario.
—«¡Deben ser sus bodas de oro!» —concluyó para sí el mayor de la triada de amigos a partir de las fracciones de frases que alcanzaba a escuchar y a los mimos que mutuamente se hacían, mientras se lamentaban porque sus hijos y nietos estuvieran tan lejos.
Se le imposibilitó precisar por qué y dónde estaría la parentela de la amorosa y aviejada pareja, razón por la cual le dio rienda suelta a su imaginación, poniendo en la historia que les fabricó algo de la propia con la suya.
—«Aunque parecen económicamente acomodados, sus hijos estudiaron y se marcharon para el exterior… por allá se casaron, se quedaron y, ¡claro!, olvidaron o consideraron intrascendental venirles a celebrar esta ocasión a sus viejos. Quienes, tal vez como nos pasa a muchos, sin jamás decirlo para evitar incomodar, de ellos ahora solo esperarán que sean felices y que les comprendan y acepten sus achaque, chocheras y sorderas… y sin molestarse, como suele suceder por esto, aquello o lo otro».
Esta pareja solo se marchó hasta cuando los tres comenzaron a disfrutar de los postres, no sin antes pasar por el lado de estos y despedirse cortésmente con un:
—¡Permiso, caballeros, que disfruten la delicia de sus postres!
Además de un aristocrático ademán de cabeza y una sonrisa agradable y cómplice que los tres amigos respondieron a la vez con:
—Gracias, que la pasen bien.
Como se imaginaba el suramericano que sucedería, el tema de la conversación torció de manera más que abierta hacia él y sus obras desde antes de aparecer el plato principal, cada uno artísticamente ornado como para una ceremonia gastronómica, con centro de lomo de res coronado por espárragos asados con salsa de perejil y limón, secundados por dos tazas de loza fina, una con un inmaculado puré de papa y la otra con ensalada Grille.
—Bueno, entonces, ¿qué nos dice nuestro próximo gran premio literario? —le preguntó el joven poeta al suramericano, sacándolo de su abstracción y construcción mental de historias y personajes.
—¡Venga! —secundó el periodista europeo—, comparto tal aseveración: usted recibirá pronto el máximo galardón. Su escritura es como la de los grandes de estas gratas tierras… y no como la mía, a años luz de la maestría y encanto que destilan sus novelas y relatos.
—Como cada vez que tocan este tema, amigos, les agradezco sus buenas energías, intenciones y profecías. De llegarse a dar esto o algo similar… ¡bienvenido será y con ustedes celebraré y compartiré, les prometo! Estoy abierto a cualquier acontecimiento… no solo en este sentido, ustedes lo saben. No obstante, poco y nada me incomodaría pasar a la historia como tantos por ahí, en la gloria del anonimato o en los apasionantes brazos de lo que hasta ahora soy: ¡un feliz desconocido! Mi afán por escribir solo tiene un objetivo: dejar un legado para las futuras generaciones… ¡de haberlas! Entre palabras y letras lo único que pretendo es retratar por doquiera que voy la conducta particular y atípica de esta sociedad de finales del XX y comienzos del XXI… quizá para que aquellas eviten repetir tantos errores, sobre todo, lo inherente a la por demás lacerante desigualdad ahincada en la ambición y el inculcado odio fraternal que pronto nos llevarán al final de los olvidos, ¡si es que no lo hace primero la enguerada catástrofe ambiental, a la par con la colmilluda guerra fratricida y sin sentido!
Tanto el poeta como el periodista, por lo menos una vez a la semana cuando lo llamaban, casi siempre de esta manera y con tal premonitorio tema de su inminente consagración literaria lo abordaban. En cada ocasión, como ahora, con paciencia biselada esto les repetía, siempre con ciertos gajes de incoherencia en su gesticulación. Algo les lograba decir o dejaba entrever. Mas no era todo lo que en su mente bullía. Aunque lo intentase, como le pasaba en otros casos cuando de comunicarse con palabras se trataba, lo pensado a su lengua como tal no le llegaba… al menos, por completo o en armónico contexto.
Tal vez por esto poco y nada solía hablar, mucho menos dar entrevistas. Su oratoria era complexa, en tanto no se tratase de alguna de sus obras publicadas, sobre lo cual, también aplicaba mesura y mutismo absoluto en cuanto a las inéditas o en proceso, un buen número que nadie conocía. Las palabras que quería decir en situaciones como esta se le escabullían. A cambio, otras tantas, por lo general plagadas de incoherencia, cuando no de imprudencia, siempre en su expresión hablada se metían. Lo contrario le ocurría al escribir, cuando era fluido. Incluso, al hacerlo, su mayor placer, más ahora de viejo, garrapateaba más de lo que pensaba… o quería… o debía, tratándose de la sociedad enferma terminal de nostalgia social en la cual vivía.
Varias veces, como ahora que sobre el trillo sus dos contertulios a la carga volvían, «peor, esta vez, al ser presencial», decidió escribir y publicar un relato, «quizá algún día», mediante el cual esto y más cosas les diría… «o, tal vez, les aclararía», su amordazado subconsciente lo corrigió al saborear la primera porción del humoso y oloroso lomo.
De tiempo atrás tenía hilvanado un texto al respecto. Sería sobre tres amigos de letras que se encuentran en algún lugar con ocasión de algo y platican cosas. Los personajes, sin nombres, pero sí con atributos parecidos a los suyos, serían un poeta, un periodista y un tercero: él, de pocas palabras y larga escucha que lo lee todo, incluso, lo que no le dicen de labios para afuera, pero sí con ademanes y posturas comportamentales. Incluiría y recrearía apartes de las conversaciones que con cada uno de ellos en algún momento tuvo. Lo haría, eso sí, dentro de un marco de ficción social contemporánea. Armaría una historia para explicarles aspectos que nunca les manifestaría de otra forma, mucho menos de voz.
—«Sería un texto interesante, para nada comprometedor —se dijo al probar un bocado del naco de papa que se deshizo en su boca y le propició un momento de gastronómico placer—. Por el contrario, a estos les resaltaría sus virtudes y talentos… los que, tal vez, ni siquiera ellos sepan que tienen… o quieran aceptar las potencialidades que les hacen galas».
Se refería a las mayores dotes que aquellos tenían, además de su gusto y talento por escribir, el uno versos, narrativa variada el otro. Les admiraba sus capacidades y alcances para llegarle a la gente, convocarla, reunirla, guiarla y publicitarla en las frías rinconeras del mercado literario y artístico. De hecho, el joven poeta era el artífice, gestor, coordinador y compilador de dos compendios universales únicos, impresos y planetariamente difundidos con inimaginables como bellas expresiones artísticas variadas de un sinnúmero de escritores, poetas y pintores, en diversos idiomas y de casi un centenar de países.
Virtud esta del joven poeta centroamericano (su capacidad de llegarle a la gente, más, aún, a la dedicada a las artes, por lo general introvertida y dada a permanecer guardada) vislumbrada y macro proyectada por el suramericano, que hasta le propuso que encausara y encabezara un movimiento a nivel global, con nombre y sigla:
—Sería algo así como: ‘Colectivo Literario Artístico Internacional siglo XXI’… el ‘CLAI XXI’, del cual usted sería su timonel, joven poeta.
Al europeo le insistía para que dejara fluir sin minimizarse su genialidad creativa y hasta desbordada, a la par con su experiencia diplomática, investigativa y periodística. Incluso, estaba dispuesto a escribir con él alguna novela fantástica que este le proyectaba cada vez que lo llamaba. Antes intentaron componer una a cuatro manos, sin lograrlo. El latinoamericano le tenía fe al talento redactor y a la experticia de mundo del europeo. Por esta razón, lo puso en contacto con la emprendedora editora de la Revista Latina NC, para que difundiera sus letras en el entorno norteamericano.
Así como lo hacía el más viejo de los contertulios, los otros dos ingerían a placer de sus respectivos platos, mientras el mesero atento, al acabarse el contenido de la segunda botella, les preguntó ceremonioso:
—Disculpen, caballeros, ¿les apetece que les traiga la siguiente?
—¡¡No!!, ¡muy gentil!, ¡¡así está bien!! —respondieron al unísono, conscientes de sus apretados alcances financieros y casi exhaustos cupos restringidos de sus tarjetas de crédito, visibles en la respuesta.
Respuesta que los comensales de las mesas adyacentes alcanzaron a escuchar y entender. «El ilustre personaje» solitario de la mesa rinconera elevada y con mejor vista de todos hizo un mohín de gracia y disimuló no haberse enterado. Igual gesto y actitud asumió la pareja de adultos enamorados. No así las dos elegantes y finas mujeres setentonas de la mesa de atrás, acompañadas por el bello espécimen cuarentón con el típico hablado de aquel pujante país. Estas se miraron al escuchar a sus vecinos y al unísono los voltearon a ver, regalándoles una candorosa y coqueta sonrisa solidaria, mientras entre ellas comentaron:
—El que están libando es un gran vino… valdría la pena que se tomaran al menos otra botellita de esas, ¿no te parece, Rosario?
—Estoy de acuerdo contigo, Lucre.
Según las cuentas que aquellos tres amigos de letras por su cuenta llevaban a partir de los precios que grabaron en sus mentes cuando les pasaron las cartas, el consumo debería ir por cerca de los seis mil quinientos pesos en moneda local. Esto significaba, como acordaron que pagarían a prorrata, que les tocaría aproximadamente de a ciento diez dólares americanos, más la propina que en aquel país era educadamente obligatoria, si vergüenzas no querían pasar, y nunca inferior al 10 %, con mayor razón en ese lujoso y famoso restaurante en pleno centro de la megalópolis, la ciudad capital y entidad federativa.
—No obstante, señor —acompasó el poeta, una vez el gentil mesero de los vinos hizo una venia y se retiró con rumbo a la cava, mientras ellos continuaban con la cena—, comparto lo dicho por nuestro amigo. En mi opinión, sus letras, estilo e ingenio lo ubican en la línea de los escritores consagrados, no solo entre sus paisanos, quienes reconocimientos han cosechado, comenzando por el ganador del nobel, también, entre los grandes de la literatura universal. ¡Usted está para ligas mayores, señor!
—Para nosotros, tus amigos de letras, maestro —agregó el periodista europeo—, además de tenerlo claro que así ocurrirá, tu triunfo en ciernes será un honor que nos arropará y enorgullecerá…
—Gracias, amigos —respondió el aludido tragándose el penúltimo pedazo de lomo, mientras le hacía señas a la mesera encargada para que le llenara la copa dispuesta para el agua. Vacía la del vino yacía—. A veces… ante la fuerza, la reiteración y el convencimiento como lo dicen… hasta me lo creo.
—Más te vale que lo vayas asumiendo —agregó el periodista, al tiempo que terminaba su merienda y vino, por lo que solicitó, también, que le llenaran su copa de agua.
En esos momentos el más viejo de los tres se percató de que el solitario de la mesa elevada, tras pagar la cuenta, se levantó y le sonrió al estrellarse sus miradas. Luego, con paso ceremonioso, con la agenda cerrada y bajo el brazo, salió del lugar. El suramericano lo observó, al tiempo que le daba rienda suelta a su imaginación con los tres comensales de la otra mesa cercana, la de atrás. De todos, estos eran, a simple vista, «los mejor trajeados y de clase mayor, como el icónico edificio de esta ciudad… a unas cuadras de aquí», se dijo con sorna, no solo para intentar evadirse del tema que acababan de poner sobre la mesa sus amigos, sino para hilvanar a su estilo la historia que estos otros comensales le inspiraron desde su llegada al restaurante.
Sabía que ninguno de sus amigos le daría tregua, mucho menos espacio para seguir remando en aquel caudaloso río peña abajo. Pero quería apuntalar y dejar lista en su mollera el relato corto que algún día escribiría sobre los tres comensales de la mesa de atrás, la de las dos hermosas veteranas y el chusco casi cincuentón.
Desde cuando ingresaron a la terraza el suramericano observó que en esa mesa un hombre cuarentón, o algo cerca de los cincuenta, bien parecido, bañado en colonia francesa y trajeado con buenas marcas, acicalado como para una cita clandestina, esperaba nervioso sin quitar la mirada de la entrada, como tampoco de la pantalla del celular de última gama que reposaba sobre la mesa.
Pocos minutos después de ser acomodados en «la mejor mesa de la terraza» hizo su entrada al lugar una mujer de unos setenta o más años. Pese a la edad que esta pudiese tener seguía garbosa y hermosa. Eran evidentes los impactantes rasgos de belleza de los que gozó en su juventud y adultez, amén de su clase y buen gusto en el vestir. Al pasar dejó una estela… parecía visible, de un perfume sutil y embriagante, casi excitante. Exhibía en su brazo izquierdo un bolso de hombro, color negro, con el logo Saint Laurent, hecho en piel de becerro, italiano, con correa y logo en tono dorado. Era una mujer de clase… ¡y adinerada!
—«Cada una de sus prendas —el suramericano se refería al bolso, a la cadena, a los aretes, al reloj, al perfume y hasta los zapatos, todos de marca y elevado precio— supera de lejos lo que me gasté en este viaje… incluida esta cena».
Era la mujer que el chusco y casi cincuentón esperaba. Al verla aparecer este se levantó nervioso de su silla. Al llegar a su lado la saludó de beso en la boca y le corrió una silla para que se acomodara frente a él.
El diálogo entre estos era ininteligible, no solo por la distancia que separaba las dos mesas, sino por el parloteo de sus amigos, sobre todo el del periodista europeo, imparable y rápido. Por esta razón el suramericano no tuvo más opción que imaginarse lo que allí se dirían. Estaba resignado.
—«Es una cita clandestina de una mujer casada y adinerada con un vividor profesional que la estafará y en poco tiempo la dejará por otra» —, al parecer, sin más alternativa, esto concluyó el suramericano.
Conclusión equivocada. Lo vendría a saber tras unos minutos cuando llegó una segunda mujer, casi de la misma edad de la primera. También, caramente vestida y con un bolso y complementos aún más ostentosos que los de su amiga y, al parecer, cómplice de su locura o afán de amor en el portal de la senectud por el cual las dos transitaban a prisa y sin querer siquiera medir riesgos ni consecuencias.
—Mira, Rosario —le dijo la que llegó primero—, este es mi novio Rosendo Alfonso… mi próximo marido lindo.
—¡Estás rechulo!, Rosen, como te llamaré en adelante —apuntó aquella—. Soy Lucrecia, pero me gusta que mis amigos me digan Lucre. Seré la madrina de bodas de Rosario.
Palabras que llegaron con algo de mayor nitidez a los oídos del suramericano, no solo por el énfasis y la sonoridad que pusieron las mujeres al decirlas. También, porque este se esforzó en capturarlas. Ni siquiera disimuló al estirarse hacia atrás para acortar unos centímetros la distancia entre mesas y evadir el parloteo de sus amigos de letras.
La cena, la verbosidad de los tres y demás historias de las mesas cercanas siguieron sus cursos hasta cuando, un rato después, el mesero del vino apareció de nuevo. Traía una tercera botella, igual a las dos primeras consumidas. Este venía con la encargada de esa mesa, quien les dijo:
—Señores, disculpen la interrupción…
—¡Nosotros pasamos!, ¡dijimos que no más vino! —apuntó el poeta entre molesto y sorprendido.
—Alguien, quien nos pidió reserva, lo que aquí es un mandamiento que cumplimos a cabalidad —respondió la mesera—, no solo pagó la cuenta de esta mesa y hasta la propina, también ordenó esta nueva botella y les incluyó la carta de postres.
Sin otra opción, tal y como les reiteró la mesera y hasta el administrador del restaurante, quien se hizo presente segundos después, aceptaron la generosa invitación del ignoto admirador. Por lo cual, una vez más, el mesero de los vinos les dispensó la siguiente tanda y regresó a su discreto lugar a la espera del consumo paulatino.
Aún les quedaban rezagos del menú principal. Estos fueron, entre palabras y sorbos de vino, desapareciendo casi por completo.
De nuevo el tema giró hacia lo acotado por el mayor de los tres, quien tan solo expuso algunas puntadas adicionales, ante una nueva arremetida, ahora aderezada al cual más por sus contertulios con el supuesto ingenio y domino gramatical con los cuales zurcía sus narraciones. Una vez más, su única salida fue soltar frases entrecortadas y sin terminar. Lo demás: lo que al respecto pensaba, sentía y lo movía, lo dejaría para el relato que algún día escribiría y publicaría.
—«Sí, amigos de letras, solo de esa manera, ¡por escrito!, intentaré responderles algunos de sus ensalces y preguntas. Les diré lo que creo, pienso o siento respecto a los premios, al éxito, a la fama y, sobre todo, les dejaría claro, en lo posible, lo de mi infundada maestría y facilidad en temas narrativos, gramaticales… en sí: literarios» —acuñó en su pensamiento mientras desaparecían hasta las boronas de la cena de los tres platos y las dos tazas.
Otro mesero recogió la loza. Solo dejó las copas de vino, la jarra de agua y sus respectivos recipientes, al tiempo que la encargada de la mesa les llevó la carta de postres… ¡ineluctable!, más por el antojo y el estar pagos que por otra cosa. El periodista y el poeta coincidieron en gustos. Pidieron tarta de crema de limón. El tercero se conformó con una copa de frutos rojos con crema de vainilla.
Antes de ser servidos los postres, durante su ingesta y hasta finalizar la tercera botella, muy cerca de la diez de la noche, el tema se tornó monótono, enlagunado, como, quizá, lo estaban sus pensamientos abordo de una piragua, tal vez la de Guillermo Cubillos, la cual: Capoteando el vendaval se estremecía /
e impasible, desafiaba la tormenta… tras la opípara comida, el efecto de la salvaje vid de las cavernas, del cansancio de la extensa jornada literaria de esos días y, desde luego, por las largas que a ciertos temas el suramericano solía darles.
Largas que algún día en aquel relato, ¡tal vez!, les dejaría expósitas. En particular, en lo tocante a su ingenio que solo hasta después de los sesenta dejó salir y conocer, como le decían. Les contaría que, tal vez el gusto y placer que por escribir sentía, desde niño lo traía. Pero que solo fue hasta medio asegurar la forma de sufragar sus gastos sin tener que ir a trabajar que lo pudo hacer más seguido y de corrido, lo que le implicó asalariarse durante algo más de cuarenta años para lograr una pensión mediana y cada vez más insuficiente.
Les diría que ahora escribía de noche y de día, o cuando a bien tenía, o cada que la inspiración se le aparecía. Sin embargo, les explicaría que lo hacía con ingente esfuerzo para evitar al máximo los yerros y sin salirse de las márgenes de la ortografía, la gramática y de esa infinidad de reglas que el escribir bonito exigía. Entendía que eso era lo que, al respecto, entre otras ciencias y artes, miraban los eruditos, amén de estar estipulado en algo que escuchó llamar lexicología. Normas que él poco conocía por jamás haberlas estudiado al andar rebuscándose el bocado. Reglas que, ahora, conocerlas… ni menos dominarlas por completo posible le sería. Sin embargo, en aquel escrito a sus amigos les enfatizaría que no desconocía que para hacer bien ese oficio de estas se requería. Que eran condiciones que los galardonadores, casi siempre, en cuenta tenían, además de ser lo que todo lector se merecía, en complemento con el ingenio del autor. También, claro les dejaría que tales requerimientos crecían cuando el escribidor no pertenecía a una de aquellas sacras cofradías o de un gran mentor carecía.
En aquel relato a sus amigos virtuales les confesaría que él sabía que, en sus escritos, pese a sus esfuerzos de esculpirlos bonitos y sin faltas, siempre por ahí una que otra se asomaba y cuando menos lo esperaba, u otras que ni se imaginaba que pifias fuesen. Les manifestaría que para costear un caro corrector o un arreglador de escritos lejos de su presupuesto estaba… Motivos por los cuales, él lo sabía, sus obras difícilmente aquellas cumbres de la inmortalidad literaria escalarían. Tampoco, que este fuese su propósito.
Todavía así, por esto y más, en aquel texto no solo les agradecería que cosas así le dijeran y al mundo difundieran, que lo motivaran, así en público o en privado las mejillas se le enrojecieran. De antemano, las gracias también les daría por comprenderlo y a su vez entender que, si algún día un pergamino como aquellos alguien se equivocara y le otorgara, sus disculpas por el mundo les pedía que dispersaran por este o aquel gazapo que, entre letras y palabras, como el abrojo entre los geranios o la yerbabuena, de pronto se toparan.
Por último, quizá, les diría… y hasta les encarecería de hacer por su obra publicada, y si acaso por la fresca, lo que a bien pudiesen al él partir a lontananza. Sobre todo, lo de su iniciativa de ‘Una novela para cada escuela’. Les recalcaría que lo de las posibles chichiguas de las regalías editoriales era lo que menos le preocupaba. En aquel relato les recordaría que escribía no tanto para ser vendido, que lo hacía para ser leído, en particular, por la juventud, la guardiana del presente y del inmediato futuro… de haberlo.
—Les aclararía, eso sí, ¡ni más faltaba!: que solo sería un encargo voluntario, no un pacto ni mucho menos un contrato obligatorio. Por tal razón, de no ser posible, de antemano les diría que los entendería y que dar razones al respecto ninguno a nadie tendría.
Presentía, ¿por qué?, lo desconocía, que su callada despedida final inexorable ocurriría sin previo aviso ante el paso implacable de los días. Era consciente de estar en las postrimerías del tercer tercio de su vida.
Para estos encargos finales, tal vez, si a bien tenían y se lo decían, les compartiría algunos títulos de sus obras terminadas y sin difundir que pocos de su existencia conocían.
—Sí, tal vez, algún día cosas de estas a mis amigos de letras en un escrito les dejaría —pensaba que, quizá, no solo a ellos, esto humana curiosidad o piquiña les causaría—. De pronto, aquellos que alguna vez con mis garabatos se tropezaron, de saberlo, literario interés les despertaría… A unos y otros tal deferencia que conmigo tuvieron en ese escrito también les agradecería.


Al respecto, solía pensar en la editora emprendedora de Carolina del Norte, en la galardonada escritora y presidenta de Pukiyari (su descubridora), en el Capitán Pirata de los universos de colores, en la gentil fundadora de Art D’Riu, en la influyente directora andaluz, en la dama galante de la Revista Guka… y en tantas otras personalidades y amistades a distancia que ahora tenía, casi todas relacionadas con temas literarios y medios culturales en los cuales de vez en cuando algo de él aparecía, decían o por su causa hacían.
—¡Tal vez!, ¡quizá!, alguno de ellos, en por lo menos una de estas briznas mías, es posible que se interese, le sirva, difunda, escale… ¡algún día!
Pero ¿si estaba equivocado y su escritura nada de mérito tenía o a nadie le importara por aquello de las astringentes leyes del mercado o los inconfesos sentimientos encontrados?, probable, también, lo tenía preparado:
—Lo asumiría, como hasta ahora: tranquilo y resignado. Entonces, llegado el día, a la voluminosa biblioteca de la escuela anónima en la eternidad de los olvidos, aquellos rasguños míos, con sus involuntarios descuidos, feliz me llevaría y por allá los donaría… mientras pude así lo hice durante el postrer tercio de mi vida.

 

Wilson Rogelio Enciso
31-07-2022

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