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viernes, mayo 20, 2022

Brecha generacional

Tienes que leerlo
Maria del Refugio Sandoval Olivas
Maria del Refugio Sandoval Olivas
Hgo del Parral, Chihuahua, México La pasión por escribir se manifestó desde su juventud, consolidando su primer encuentro formal, con su participación en el año 2002 en Historias de Migrantes, en el 2007, responde a    convocatoria emitida por la SEP y su historia de vida docente es seleccionada en la antología“Huellas en el tiempo”. En el 2009 publica el libro autobiográfico “Anhelos, sueños y esperanzas”, en el 2011 “Una Rosa sin Espinas”, 2013 es antologada en “Experiencias directivas exitosas”, 2015 y 2016 antologada en “Monografía de Competencias docentes”, convocadas por ENSECH; colaboradora en el Diseño de guías estatales para trabajar los Consejos Técnicos Escolares, autora de varias ponencias publicadas digitalmente,  como “Oralidad de la Lengua” en Argentina,  asistente y ponente en Congresos Educativos, dictaminadora del Congreso Nacional de Investigación Educativa, cuento “Dulce” publicado en 2018,  “Suspiros rotos” poemario publicado en 2019, cuentito “La navidad y yo” 2019; además,  es editorialista semanal en el periódico “El Sol de Parral”. Jubilada de SEP en el 2017 sigue aportando al sector educativo como: tallerista para padres de familia, docentes, alumnos y público en general. Conferencista en distintos niveles educativos en el estado de Chihuahua. Participante activa en los “Encuentros de escritores parralenses” Cuenta cuentos en preescolar y primaria. Practica el cachibol, en la Delegación de jubilados y pensionados DIV2 Socia activa de la Benémerita y Centenaria “Sociedad Mutualista Miguel Hidalgo”

−Abuela, ¿Cuántos años tienes? −Preguntó mi nieta de nueve. −¿Cuántos crees tú que tengo? −Contesté sonriente.
Me miró inquisidoramente por algunos segundos, entrecerró sus ojitos, colocó el dedo índice sobre sus labios, como si les ordenase no ir a proferir palabra alguna que dañara mi sensible alma; el dedo pulgar estaba sosteniendo su barbilla y dijo:
−Pues tienes unas arruguitas en tu cara y en tus manos, además, ya no puedes correr mucho, creo que tienes como…¡cincuenta!
−Gracias preciosa, casi le atinaste, tengo 58 años. Eso significa que nací el siglo pasado.

−Cuéntame abuela, ¿cómo eras tú cuando tenía mi edad?
−Claro que si mi hermosa nieta, ven siéntate a mi lado porque es una larga historia.
−Corría el año de 1970, el pueblo donde yo vivía no contaba aún con electricidad, teníamos una bombilla la cual era alimentada con petróleo y al encender la mecha, era la luz que nos alumbraba. Por las noches, bajo esa tenue luz, después de cenar, nos quedábamos largo rato platicando y conviviendo en familia.
Los hermanos de mamá, usaban venir a nuestra casa a platicar o a tomar café. Ahí aprendí que los lazos de amor se van tejiendo al calor de la convivencia; y que en torno a la mesa, surgen las mejores historias, leyendas y anécdotas que se quedan grabadas en el corazón y pensamiento de las personas.
−Me estoy poniendo triste abuela, ¿sabes que nosotros no cenamos juntos?, siempre andamos muy apresurados por la noche, debemos bañarnos, terminar nuestra tarea y mis padres están tan cansados, que no queremos molestarlos. Mi hermana y yo bajamos a la cocina y nos preparamos algo rápido, como un vaso de leche con pan, cereal o alguna fruta, −pero no tenemos tiempo de platicar como ustedes lo hacían. −Además, mis tíos y primos no vienen muy seguido a compartir con nosotros.
−La tomé entre mis brazos y proseguí con mis recuerdos. −Algunas cosas han cambiado princesa, por el ritmo tan rápido de la vida, además de que en la ciudad es muy diferente a la vida del pueblo.
−Te platiqué que en ese tiempo no había distractores, la hora de dormir era general, al momento de apagar el aparato, todos nos disponíamos al descanso.
Muchas de las comodidades con las que ahora contamos en ese momento eran totalmente desconocidas, por ejemplo, no había sanitarios en los hogares, por lo que teníamos que salir a hacer nuestras necesidades al corral donde estaban las gallinas, marranos, becerros, burros, vacas y caballos; cuando terminábamos, debíamos de tapar el excremento con una tierra preparada con cal, para que los animales no la comieran y no hubiera malos olores.
−¿Cómo lo hacían si tenían que ir al baño de noche? −Preguntó asustada.
−Al pie de la cama se colocaba una bacinica, era un objeto en el que se hacían las necesidades y en la mañana se limpiaba.
En la medida que ahondaba en explicaciones, su pequeña carita se fruncía con muecas de asco, por lo que cambié el tópico inmediatamente.
−Teníamos una bandeja grande, donde mi madre nos bañaba, ella calentaba el agua en la estufa de leña y primero tallaba nuestro cuerpo con jabón, luego nos enjuagaba con chorritos de agua caliente y limpia.
−Además, ayudábamos con los quehaceres de la casa, alimentábamos las gallinas, sacábamos los blanquillos de los nidos, llevábamos nuestra taza de café, para que le pusieran leche recién ordeñada de la ubre de la vaca, además, traíamos hierba del campo para alimentarlos.
Asimismo, el agua entubada no había llegado a la mayoría de los hogares, por lo que teníamos que ir al río a lavar la ropa sobre una piedra, posteriormente la tendíamos encima de los alambres de púas que separaban las labores. Cuando tenía tu edad, mi trabajo consistía en lavar calcetines y ropa interior de toda la familia. −Pero, permíteme contarte lo más maravilloso:−cuando era primavera y verano, nos bañábamos en el río, pasábamos las horas felices nadando, brincoteando y jugando dentro del agua.
−La escuela era de dos turnos. −Continué, salíamos a la 1:00 p.m a comer y volvíamos a las 3:00, a las niñas nos enseñaban clases de costura y tejido; hacíamos trabajos manuales, los cuales la maestra guardaba celosamente, para luego entregarlos a nuestras madres en fechas específicas como regalos especiales, confeccionados por nuestras propias manitas.
−Su rostro empezó a iluminarse y con un tono de complicidad me dijo: −Tengo una idea abuela, −Por qué no me enseñas tú a coser un mantelito para la cocina y se lo damos a mi mamá en su cumpleaños?
−Me parece perfecto, comenté. Cuando vayamos a la casa de la bisabuela, traeremos el bastidor, agujas, hilazas de colores y en la mercería te compraré el mantel con el dibujo impreso.
−Me acabas de decir que no tenían luz, ¿entonces cómo le hacían para ver la tele? ¿y la licuadora? ¿Y el microondas?
−No utilizábamos aparatos electrónicos. Todo era manual. Mi madre me enseñó desde muy pequeña a encender la lumbre, hacer tortillas de maíz y de harina, guisar huevos, frijolitos y preparar el café; esos eran los alimentos básicos que nunca faltaban en casa.
−Hay abuela−, ya hiciste que me diera hambre con tanta comida rica que estás mencionando. ¿Qué tal si vamos a la cocina y preparamos unas tortillas de harina rellenas con frijoles y queso? Y así me sigues contando tus historias.
−Abue, yo tengo mi tablet con muchos juegos, además mi mami me presta su teléfono, me encanta entrar a Youtube, ahí puedo ver mis caricaturas favoritas, programas, series. Además tengo mi usuario en Netflix y un televisor propio en mi cuarto. −¿A que jugabas tú?
−Pequeña mía, −dije entrecerrando los ojos al evocar esos recuerdos. El tiempo no era suficiente para todos los juegos y aventuras que emprendíamos. Mamá me hizo la primera muñeca de trapo, posteriormente aprendimos a confeccionar más. Cualquier espacio era bueno para formar nuestra casita. Los muebles que las acondicionaban eran cajitas de cartón; aprendimos también a utilizar las fichas de los refrescos, primero las extendíamos completamente con una piedra, luego las doblábamos a la mitad y las íbamos ensamblando hasta que formábamos sillas, mesas y un sinfín de objetos que adornaban nuestros hogares.
−También jugábamos al aire libre, en las ramas de los árboles, a rondas donde todos nos tomábamos de la mano y hacíamos círculos a la par que cantábamos la melodía y ejecutábamos los comandos; quizá tú conozcas alguna:
“Naranja dulce limón partido, dame un abrazo que yo te pido…”−empecé a cantar y abrazarla.
−Enséñame otra abue. −Exclamó entusiasmada.
−Arroz con leche me quiero yo casar con una muchachita… −esa sí la conozco, −gritó efusivamente. −Viene en mi libro de lecturas.
−A la víbora de la mar de la mar…
Además de esos juegos, recuerdo muchos más: a la trae, al bote volado, al liguero, a las matatenas y al bolero. Con las llantas que dejaban los carros, hacíamos unos círculos, los cuales eran guiados por un alambre, esos eran nuestros vehículos, corríamos a lo largo y ancho de la calle.
−Esperame tantito, −dijo. Vas muy rápido y no te entiendo, debes explicarme cada uno y además enseñarme a jugarlos.
−Entonces pequeña ¿Crees que estoy muy vieja?
−Poquito abuela, te estás arrugando y tienes que pintarte el pelo para cubrirte las canas. Pero no importa, porque yo puedo maquillarte y dejarte hermosa, me he dado cuenta que la raya de los ojos no la dejas muy derechita, quizá sea por no usar tus lentes y no puedes ver bien.
−Pero, que tal si me enseñas los pasos que aprendiste en tu clase de zumba,− exclamó emocionada, porque cuando estás bailando, entonces sí que no te duelen tus piernas.
−Además, te fascina tu club de cachibol. Desde que te jubilaste, andas jugando por todas partes. − Me gusta que salgas con tus amigas pero, ¡yo te extraño abuela!
−También te extraño, le contesté al instante; recuerda que yo era maestra y diariamente asistía a mi trabajo; ahora, debo mantenerme ocupada en otras actividades que me gustan, me dan placer y además me fortalecen física y emocionalmente.
−Te propongo algo, −le dije. −Iré a platicar con tu maestra, para que me permita leerles a tus compañeritos y tu puedas sentirte orgullosa de tu abue.
−Siempre te amaré y estaré orgullosa de ti, me contestó, al momento que sus pequeños brazos rodeaban mi cuello, permitiendo que el latir de dos corazones se unieran en el ritmo acompasado del amor.

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