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domingo, agosto 14, 2022

Abrir el grifo de la palabra: la escritura automática (Primera Parte)

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Eugenia Gallardo
Eugenia Gallardo
Literariamente Eugenia se define como hija de Asturias y Cervantes; prima de Monterroso y Batres Montúfar; amiga de Yourcenar y Christie. Su obra ha sido traducida al italiano y francés, e incluida en antologías. Publica poco y escribe mucho; la crítica ha sido generosa con los frutos de su inventiva. En 2020 y 2021 fue nominada al Premio Nacional de Literatura. Floreció en dos hijas y dos nietas. Casada de dos hervores, hoy es soltera empedernida. Creció en Cobán, Huehuetenango y la Ciudad de Guatemala. Entre aventuras y exilios ha vivido en Nueva Orleans, Sao Paulo, Atlanta, Carolina del Norte, Londres, Madrid y Costa Rica. Es Máster en Ciencias en Economía de América Latina (Universidad de Londres). Como economista política se ha dedicado principalmente a la investigación social. Escritora, dramaturga, actriz y artista plástica, su principal motivación es la creatividad y la experimentación.

Hemos aprendido a escribir mediante el artificio de la construcción. En su forma más elemental intentamos hacer oraciones que comienzan con alguien (sujeto) que hace algo (verbo) en determinada forma o circunstancia (complemento). Es la convención mediante la cual nos comunicamos para que los demás nos entiendan. El pensamiento, por su parte, fluye con otro talante: va felizmente desordenado dando vueltas, interrumpiéndose, dejando las cosas a medias y mezclando las sabias reflexiones vitales con los exabruptos propios de lo cotidiano. Imaginemos a un erudito analizando en su mente el texto de un filósofo mientras cocina un huevo: en su mente pasan las trascendentales relaciones entre el sentido del tiempo y la inminencia del fin de la democracia liberal y al mismo tiempo la imprecación correspondiente a una quemadura de aceite y el recuerdo de cómo preparaba los huevos fritos su abuelita. Y todo eso en cuestión de segundos. Si tuviera que elaborar el relato de ese momento se gastaría mínimamente diez páginas y tendría mucha pena de que sus admiradores (seguramente aprendices de eruditos) se enteraran de su impericia culinaria y de sus íntimos recuerdos de infancia que lo acercarían a la sensiblería (perdón por la rima). En fin, que el pensamiento tiene su lógica y la escritura formal la suya. Y ocurre que al verter un pensamiento en el cuenco del lenguaje estructurado se corre es riesgo de perder su esencia, su verdad, su ímpetu, su emoción, su sentido. En el acto de ordenar las palabras y de cumplir con los protocolos de un idioma se entromete un personaje que todos los escritores tratamos de evitar: el censor. El censor es ese ser que dice protegernos del escarmiento social: no escribas así porque Fulano se va a ofender, no pongas eso porque van a pensar horrores de ti, no te arriesgues con esa frase porque la van a mal interpretar… etc. El censor es el principal enemigo de nuestra libertad expresiva y el oficio de escribir tiene mucho qué ver con jugarle la vuelta al susodicho. Y una manera de lograrlo es mediante el ejercicio de la escritura automática que exploraremos en la próxima columna.

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