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jueves, agosto 11, 2022

¿Para presumir hay que sufrir?

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Maria Beatriz Munoz Ruiz
Maria Beatriz Munoz Ruiz
Escritora y Directora de la revista digital cultural One Stop. Titulada como Community manager y Técnico en consumo, con formación en marketing digital y columnista internacional de la revista Pandemia, cultura contagiosa en la que colabora también con el seudónimo de La Dama oscura. Cuenta con 14 novelas publicadas, todas las encuentras en Amazon. Colaboradora de varias revistas internacionales. Nació el 12 de septiembre de 1977 en Granada (España). Cursó sus estudios en el colegio Sagrada Familia, pero quién realmente fomentó su pasión por la literatura fue su abuelo, alguien que marcó su carácter, y al que nunca olvidará.

Photo by Terje Sollie.pexels

Cuando era pequeña y me desenredaba el pelo mi madre, siempre me decía “para presumir hay que sufrir”, yo odiaba esa frase, siempre he tenido el pelo largo, y con cada enredo se me caían dos lagrimones, pero ahí seguía yo, aguantando el sufrimiento y con la imagen en mi mente de mi melena suelta meciéndose con el viento y conquistando cualquier corazón que se me cruzara en el camino.
Pero recientemente me he dado cuenta de que esa frase va perdiendo fuerza con los años, bueno, tal vez soy yo, pero ya eso de sufrir no está en mi libreta de tareas.
Estoy trabajando para una marca de ropa importante, y debo dar una buena imagen, así que no se me ocurrió otra cosa que pensar en la posibilidad de ponerme pestañas postizas, de esas que te van pegando una a una y quedan estilo cabaret.
No penséis que lo hice para estar más guapa, mis pestañas son bastante largas, y con un buen rímel me quedan kilométricas, pero ahí llegamos a la cuestión y al problema; el rímel, al tenerlas tan largas, el rímel se me churretea por la parte de abajo y parece que tengo ojeras, incluso si se me ocurre darme un poco para quitármelo, el efecto es el contrario, y al final les parezco a los de Walking Dead, de ahí me vino la idea de las pestañas postizas, no necesitan pintarse, y por lo tanto, no se me churretean y estoy estupenda todo el día.
Bueno, pues ahí que me fui yo al centro de estética a ponerme las pestañas; os puedo decir, que jamás había pisado un centro de estética, siempre he sido un desastre para todo lo que hacen en el centro de estética; nunca me pondría uñas postizas, ya que ni me las dejo largas para que no me entorpezcan a la hora de escribir en el ordenador, y, si os soy sincera, me las muerdo desde pequeña, no lo puedo evitar, intento dejármelas un poco las largas, pero cuando me dan los nervios las devoro sin piedad.
En fin, volviendo a mis pestañas; dos horas después de que las primorosas manos de la esteticista me pusieran unas estupendas y perfectas pestañas, me miré al espejo y me vi como una actriz de Hollywood que fuera a pasar por la alfombra roja de un momento a otro, eso sí, disfrazada de alguien normal.
Lo mismo si me hubiera ido con un vestido de fiesta el contraste hubiera sido menor, pero poneros en situación; vaqueros, deportivas, camiseta y con la cara sin pintar y los pelos como las locas después de dos horas tumbada en la cómoda y coqueta camilla rosa en la que casi me quedo dormida.
Con respecto a los ojos, parecía que estaba haciendo pesas, cada vez que parpadeaba imaginaba a mis pestañas sacando músculo, pero bueno, quedaron espectaculares, y enmarcaban mis ojos proporcionándole una mirada interesante y atractiva.
Ya había terminado, dentro de quince días tendría que volver a que me las rellenase, ya que cada día se caen de cuatro a cinco pestañas. Suspiré y asumí que debía volver todos los meses y perder esa media hora, pero intenté pensar que era tiempo que me dedicaba a mi misma, así que acepté sin protestar.
Pobre esteticista, no sabía que yo era un espíritu libre, y cuando me dijo como debía mantenerlas, mi rostro se fue desencajando; nada de agua, nada de tocarlas, por lo tanto, se acabó lo de lavarme la cara a garfadas, se acabó el limpiarme la cara con agua y jabón como siempre hacía, no podía exponerlas a la humedad, así que se acabaron esas duchas de agua hirviendo que tanto me gustaban, también se acabó el bucear en la piscina y restregarme los ojos en la playa cuando me escuecen por la sal, y se acabó el dormir boca abajo o restregar la cara en la almohada mientras duermo.
Me puse las pestañas a las siete de la tarde, y a las siete de la mañana ya quería arrancármelas una a una, y va y me pregunta mi madre a la mañana siguiente si me ha sucedido algo, que tengo cara de cabreo.
¿Si me ha sucedido algo? Pues que Dios desterró a Eva por comerse una manzana y yo voy a desterrar a mis pestañas en quince días y a volver a ser un espíritu libre. Con esto no quiero decir que no se ponga la gente pestañas; las pestañas quedan estupendas, son preciosas, y a mí me las pusieron muy bien, claro que, siempre puestas por una profesional, como fue mi caso, pero las pestañas y yo somos incompatibles, bueno, las pestañas, las uñas, y todo lo que me impida hacer lo que más me gusta.

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