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martes, julio 5, 2022

Cuando el universo me susurra su tratado filosófico

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Maria Beatriz Munoz Ruiz
Maria Beatriz Munoz Ruiz
Escritora y Directora de la revista digital cultural One Stop. Titulada como Community manager y Técnico en consumo, con formación en marketing digital y columnista internacional de la revista Pandemia, cultura contagiosa en la que colabora también con el seudónimo de La Dama oscura. Cuenta con 14 novelas publicadas, todas las encuentras en Amazon. Colaboradora de varias revistas internacionales. Nació el 12 de septiembre de 1977 en Granada (España). Cursó sus estudios en el colegio Sagrada Familia, pero quién realmente fomentó su pasión por la literatura fue su abuelo, alguien que marcó su carácter, y al que nunca olvidará.

Photo by cottonbro from Pexels

Hoy he comprendido que el mundo me parece feo. Yo no soy como esos filósofos o pensadores que se sentaban y decían “voy a pensar en este tema”, quizás por eso yo no soy filósofa y nunca llegaré a ser famosa por mis teorías. Ellos trabajaban en sus pensamientos, a mí me los muestra el universo, me los susurra una hermosa musa y me ilumina la belleza de una todopoderosa Diosa.
No entendéis nada, ¿verdad? Bueno, voy a explicároslo con algo que me ha sucedido hoy mismo. Ya sabéis que adoro los libros, son mi vida, mi mundo, mi todo, y últimamente he podido leer poco, he estado intentando sacarme una titulación de Educación infantil y también he estado liada con otro certificado de Psicología del desarrollo infantil. Cuando terminé el examen final, me quedé como cuando a un hámster le quitas la rueda de su jaula, ¿Qué hacer? Ahora no tenía nada que estudiar, había terminado de ayudar a mis hijos con los exámenes y no encontraba ningún curso en el que pudiera embarcarme de nuevo, así que esta mañana me levanté con la idea de ir a la biblioteca a sacarme libros de filosofía, psicología, o algo interesante que me aportase algo más de conocimiento.
Hoy hacía especialmente frío, pero el saber que no iba a tener nada que leer en este fin de semana me hizo abrigarme bien, coger mi mochila y dirigirme a la biblioteca.
Nada más salir me puse los auriculares y comencé a escuchar música celta espiritual, de esa que te inspira a disfrutar del sol que acaricia tu piel de vez en cuando, de esa que hace que admires la grandeza de los árboles, y, sin que nadie te vea, pasas la mano y rozas con devoción los arbustos que acompañan tu camino.
La música hacía que no mirase los coches como algo ruidoso y contaminante, simplemente eran un objeto indeseado del paisaje que solo tenía en cuenta a la hora de cruzar de una calle a otra.
La gente dejó de existir, sus atareados pasos dirigidos por un objetivo claro, desaparecían a mi vista. Miraba las hojas amarillentas y rojas que adornaban el suelo y lo convertían en una alfombra llena de fantasía. El camino se hizo corto, ahí estaban las numerosas escaleras que llevaban a la entrada de la biblioteca, la música seguía sonando en mis oídos, pero sin saber por qué, sentí la necesidad, por primera vez desde que salí de casa, de cortar la música.
En el mismo instante que mis pies pisaron la biblioteca, sentí que la única música que deseaba escuchar era el silencio de aquel lugar, me encanta perderme por esas estanterías llenas de libros, de susurros que me cuentan miles de historias maravillosas. Un silencio acompañado de sabiduría, de grandes obras creadas por personas que, aunque ya no estén en este mundo, siempre serán recordadas por el magnífico tesoro que nos dejaron.
Arrastré mis dedos con suavidad hasta sentir la magnífica sensación de haber encontrado un gran tesoro, era Friedrich Nietzsche, sus tapas estaban desgastadas por los años, y sus amarillentas hojas hablaban de su antigüedad. Me gusta el olor a libro nuevo, pero si hay algo a lo que no puedo resistirme es al tacto de un viejo y antiguo libro, así que atesoré entre mis manos ese libro y seguí buscando pequeños tesoros entre aquellas estanterías. Al final terminé sacando de la biblioteca seis libros, mi mochila pesaba, pero el peso era equivalente a mi felicidad y mi impaciencia por llegar a casa y comenzar a leer.
Cuando salí de la biblioteca, me coloqué de nuevo mis auriculares y volví a poner mi música celta, ahí fue cuando me percaté de lo sucedido, cuando salía a la calle necesitaba embellecer un mundo que para mí era feo, muy feo; un mundo lleno de ruido, contaminación, egoísmo y tristeza, sin embargo, cuando llegué a la biblioteca, no necesité embellecerla porque ya era bella, el silencio y los libros, no necesitaban ser embellecidos, ya eran hermosos, y su silencio, una bendición.
No necesité sentarme a pensar, el universo habló por mí, aquel mundo lleno de coches y gente era feo y necesitaba música para hacerlo mejor, pero en un lugar que para mí era hermoso, el silencio era mi mejor música.
¿Vosotros también necesitáis embellecer el mundo? Escuchad vuestro interior, porque no hay mejor maestro que uno mismo.

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