lunes, agosto 2, 2021

Cuento: La niña que creía en la Navidad

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Maria del Refugio Sandoval Olivas
Hgo del Parral, Chihuahua, México La pasión por escribir se manifestó desde su juventud, consolidando su primer encuentro formal, con su participación en el año 2002 en Historias de Migrantes, en el 2007, responde a    convocatoria emitida por la SEP y su historia de vida docente es seleccionada en la antología“Huellas en el tiempo”. En el 2009 publica el libro autobiográfico “Anhelos, sueños y esperanzas”, en el 2011 “Una Rosa sin Espinas”, 2013 es antologada en “Experiencias directivas exitosas”, 2015 y 2016 antologada en “Monografía de Competencias docentes”, convocadas por ENSECH; colaboradora en el Diseño de guías estatales para trabajar los Consejos Técnicos Escolares, autora de varias ponencias publicadas digitalmente,  como “Oralidad de la Lengua” en Argentina,  asistente y ponente en Congresos Educativos, dictaminadora del Congreso Nacional de Investigación Educativa, cuento “Dulce” publicado en 2018,  “Suspiros rotos” poemario publicado en 2019, cuentito “La navidad y yo” 2019; además,  es editorialista semanal en el periódico “El Sol de Parral”. Jubilada de SEP en el 2017 sigue aportando al sector educativo como: tallerista para padres de familia, docentes, alumnos y público en general. Conferencista en distintos niveles educativos en el estado de Chihuahua. Participante activa en los “Encuentros de escritores parralenses” Cuenta cuentos en preescolar y primaria. Practica el cachibol, en la Delegación de jubilados y pensionados DIV2 Socia activa de la Benémerita y Centenaria “Sociedad Mutualista Miguel Hidalgo”

Lucía, era una niña cuyas costumbres y tradiciones eran parecidas a la gran mayoría de las personas que habitaban el pequeño pueblo. Gustaba de jugar, soñar e imaginarse mundos distintos al propio. Una de las puertas que se abría a su paso y exacerbaba su lenguaje y pensamiento, se daba al tener la oportunidad de accesar a la lectura de libros fantásticos que alimentaban su imaginación. El contenido de éstos, le permitía trasladarse al lugar de los hechos y convertirse en protagonista o testigo fiel de la historia narrada; otro espacio conducente al desarrollo de sus ideas, creatividad y aumento de vocabulario, se prestaba al embelesarse escuchando cuentos, leyendas, diálogos y anécdotas que la gente mayor solía contar, ya fuera como fuente de entretenimiento o tema de conversación.
Sin embargo, era tan difícil entenderlos y complacerlos, -pensó Lucía, a veces le permitían interactuar en sus conversaciones, hasta le cuestionaban o pedían su opinión, otras tantas, le sugerían u ordenaban abiertamente poner distancia de por medio y no entrometerse en los asuntos serios de sus mayores.
En ese tiempo, el mundo tecnológico y digitalizado no había entrado en órbita; pero ella, sin haber viajado fuera de su pueblo, pudo trasladarse a través del cuento navideño “Expreso polar”, podía sentir la velocidad del aire de las montañas que se esparcía por su rostro; dejando algunas gotas de nieve que se congelaban en su nariz, otras entraban a su boca, la cual no paraba de gritar por la emoción y miedo experimentado.
Sufrió intensamente la angustia, incertidumbre, hambre y frio provocado por las letras de Hans Anderson en la historia “La niña de las cerillas”, podía sentir su desolación y desesperanza al no encontrar abrigo ni quien le recibiera en el calor del hogar; encendió junto con ella cada una de las cerillas, observó las imágenes descritas producto de su imaginación enfebrecida y cuando la pequeña exhaló su último suspiro, lágrimas de tristeza e indignación corrían por su pequeño rostro; no entendía, el porqué existía dolor, soledad y abandono en un mundo tan maravillosamente creado y diseñado para que toda la humanidad viviera en paz y felicidad.
Así pues, cuando el cuento del “Grinch” fue su compañero de almohada, disintió completamente con el actuar de ese hombrecillo verde que quería robar y matar la navidad.
Posteriormente, toca el turno a un cuento muy parecido al anterior, cuyo personaje lleva el nombre de señor Scrooge. Hombre antipático, tacaño y solitario. Lucía no entendía cómo era posible que existieran individuos capaces de acumular tantos bienes materiales y riqueza, y el no disfrutarlas, viviendo en condiciones tan paupérrimas, sin familia ni amigos que endulzaran su existencia.
Por cierto, que la familia de Lucía no gozaba de una posición económica sólida; pero nunca, le había faltado la guía espiritual que cada noche la conducía a sus sueños, donde su madre rezaba y pedía en sus oraciones por la salud y buenaventura de conocidos y desconocidos.
Aunado a eso, en su casa, la familia acostumbraba el reunirse por las noches; el dialogar e intercambiar impresiones y novedades del día era una constante. Lucía disfrutaba intensamente esos momentos, porque le permitían escuchar, preguntar y aprender del maravilloso mundo de los adultos cuando no estaban enojados, presionados o preocupados por el trabajo y el tiempo.
A Lucía se le había enseñado por medio del ejemplo y la palabra a confiar, creer y tener fe; ella entendía que algunas cosas no eran tangibles; no las podía percibir con su vista ni tocar, pero sí era posible, el sentirlas y experimentarlas.
Por muchos años creyó y esperó con ansia la llegada de papá Noel, ese hombre bonachón, regordete, vestido de rojo y blanco con barba larga y sonora carcajada, que manejaba tan diestramente un carruaje mágico dirigido por ocho renos, los cuales volaban de Norte a Oriente, de Sur a Oeste; atravesando continentes, mares, hasta dar la vuelta al mundo en una sola noche; repartiendo regalos a todos los niños.
La nochebuena, impregnaba con su esencia espiritual y festiva al pueblo y sus habitantes; la iglesia adornaba el nacimiento con lucecitas parpadeantes; los fieles se congregaban a celebrar la eucaristía después de haber cumplido con la sagrada peregrinación y posadas, donde entusiastamente, Lucía y los niños de la comunidad, entonaban cánticos cuya letra expresaba la solicitud urgente de que brindaran posada y asilo a José, María y el niño Jesús, para posteriormente gozar la algarabía de partir la piñata, cantando a todo pulmón:
“Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino…”
Y finalmente deleitarse con dulces y algunas viandas preparadas para la ocasión.
Su madre y resto de la familia se habían congregado en la casa de la abuela dispuestos a efectuar los preparativos necesarios que dieran respuesta a la celebración esperada; La abuela, mamá y las tías, se movían presurosas por la cocina, con un delantal anudado a su cintura, que resguardaba la vestimenta especial para la ocasión, y una pañoleta cubriendo su cabello, con el fin de no esparcir pelo sobre los alimentos; la radio dejaba escuchar melodías navideñas, felicitaciones y avisos; de pronto, estas mujeres hacendosas, elevaban su voz, haciendo segunda a alguna melodía, comentaban los anuncios publicitarios, mientras sus diestras manos preparaban los manjares que ofrecerían durante el día y a la hora de la cena a los comensales; una desmenuzaba la carne de gallina, la cual fue bien cocida previamente, otras, alistaban el mole, sopita de arroz con granos de elote, y en otra sartén, colocaron manteca de cerdo que al ser calentada por la fuerza del fuego, recibió con alboroto a los frijolitos, quedando después de unos momentos refritos y sabrosos. La tía Luz había molido el chile colorado en el metate, ingrediente indispensable que añadía el color y sabor.
El ponche caliente esparcía su aroma de frutas y canela, los panes horneados estaban sobre un platón; era un día nublado, los escasos rayos solares se fueron ocultando en el firmamento, dando paso a las sombras de la noche, las cuales permitían dibujar las siluetas y rostros de los presentes.
La abuela, como máxima autoridad dentro del hogar, rango ganado a pulso por cada arruga que surcaba su rostro, debido a los años acumulados; tronco fuerte del árbol familiar, cuyas ramas se habían extendido por tres generaciones más; solicitó la presencia de la familia en el patio de la casa, mismo que permitía una vista panorámica de infinidad de estrellas centelleantes, cuya luz daba brillo y luminosidad al cielo.
Explicó, que en cada una de éstas, habitaba el alma de la personas que había emprendido su último vuelo; antes, se despidieron y despojaron de su cuerpo terrenal, quedando postrado en el cementerio; pero su espíritu, cual frágil pluma al viento; voló al infinito hasta quedar enganchado en una estrella, para alumbrar a sus seres queridos en la tierra, y que, en esa noche tan especial, eran convidados a encender con su esplendor, el fuego incandescente del amor, traído por el nacimiento de Jesús y sembrado en los corazones de la humanidad.
La abuela escudriñaba el firmamento, como si quisiera apreciar retratada la imagen terrenal de sus seres queridos. Fijó su vista en un punto especifico, señaló con su dedo índice la constelación de la Osa mayor, donde siete estrellas forman la figura de un carruaje. -Ese, -dijo solemnemente, -es el carro de Santa Claus, que viene cargado no solamente de juguetes que hicieron sus elfos en la gran fábrica que tiene en el Polo Norte, sino que, al pasar cerca de éstas, recoge los fragmentos de polvo, impregnadas de recuerdos, remembranzas y cariño. Regalos que nos son visibles al ojo humano, porque cuando Papá Noel desciende a la tierra, los sopla para hacerlos llegar por medio del viento al corazón de cada uno de los individuos que los amaron.
Los ojitos de Lucía y sus primos no podían ocultar la emoción que les embargaba en ese momento. Su abuela había impreso tanto sentimiento a sus palabras, que la vista de toda la familia se nubló por el llanto.
Por un lado, quisieron buscar en la bóveda celeste el hogar de su abuelo, del padre de Lucía, de tíos y otros familiares que habían muerto; pero luego, les ganó la emoción por encontrar ese señor de barba blanca, tan esperado, especial y añorado en su niñez.
Los adultos disfrutaban compartir historias del ayer, entonaban algunas melodías, otros bailaban, reían, esperando las 12:00 de la noche para darse un fuerte abrazo y desearse “feliz navidad”; posteriormente salían afuera de sus casas a expandir los buenos deseos entre vecinos y conocidos.
Los niños habían tenido un día muy largo, cada momento entraba alguno de ellos a la cocina a solicitar les informaran el avance del tiempo, ya que el tío Samuel, era el único que traía un reloj de cadena pendiendo del bolsillo de su pantalón; cuando sus constantes interrogatorios al respecto eran ignorados, esperaban impacientes a que el locutor de la radio terminara un anuncio, noticia o compartiera alguna pieza musical para decir: “La hora en punto es…”y salían corriendo gritando: “ya es la una”, “ son las dos”.
-“El que espera desespera, -decía la abuela sonriente, enseñando una encía sin dientes”
-“El que es pera, no es manzano, decía el tío Reynaldo, con una sonrisa de burla”
-“Si no es pera, es perón, y se quedó cabezón, -decía la tía Isabel”
A los niños no les hacía gracia ninguna de las bromas o rimas, ya que demostraron su cooperación ayudado con los mandados; posteriormente se alejaron de la cocina para jugar al bote bolado, a la trae, a las escondidas, pero justo después de cenar y de abrazar y ser abrazado, querían que los adultos se fueran a dormir, ya que ellos debían montar guardias y cuidar el preciado momento en que el carruaje aterrizara.
En sus casas no había arbolito de navidad, ni más ornamentos especiales, por lo que intuían que papá Noel conocía el lugar preciso para dejar los regalos, ya fuera debajo de la cama, de las cobijas o de la almohada.
Lucía tomó la primera guardia, había tenderetes de cobijas por todo el cuarto que hacía las veces de recámara. El piso era de tierra, por lo que tuvieron cuidado de poner cartones y costales debajo para no ensuciar la ropa de cama.
Pronto el cansancio hizo mella en sus pequeños cuerpos y las respiraciones acompasadas empezaron a subir y descender lentamente, parecía una sinfonía musical que invitaba al descanso con su ritmo y armonía.
Lucía sentía que sus párpados se cerraban y unas oleadas de cansancio llegaban y penetran a su interior; desesperada por cumplir su cometido, se ponía ungüento de vics vaporub cerca de los ojos para evitar que el sueño llegara. Las lágrimas y el ardor, cual fieras implacables, no permitían despegar sus pestañas.
Luego fue a la cocina por un chile jalapeño, le dio una mordida y su cerebro empezó a emitir señales de alarma:
¡Auxilio! ¡se quema!
De tal forma que volvió sobre sus pasos, tomó dos vasos de agua, puso un puño de azúcar en su boca y finalmente calmó el ardor y las ganas de salir corriendo y gritando.
Seguidamente, se levantó sigilosamente y comprobó que el carruaje estaba exactamente en el lugar que les había señalado la abuela, por lo que dijo:
-Tengo tiempo de descansar poquito en lo que llega, y sin más preámbulos, se acomodó junto a su prima Rebeca y se quedó profundamente dormida.
Por la mañana, al abrir sus ojos, corrieron a buscar debajo de la cama, de la almohada, movieron el baúl, el ropero, pero para su sorpresa, ¡no encontraron nada!
De pronto, irrumpen en el cuarto dos rostros sonrientes, con una sonrisa de triunfo dibujada en el contorno de su boca. -Miren los juguetes que nos trajo el niño Dios.
– ¡Ah que caray! -dijo Lucía, -yo no sabía que el niño Dios que apenas nació anoche pudiera venir cargado de regalos.
Sus primos no prestaron atención a la ironía de sus palabras. Rosa, tenía puesto su entusiasmo y esmero en su muñeco, el cual venía envuelto en cobija de bebé, con un chupón colgado al cuello, y Octavio, no hacía más que fingir que disparaba a sus enemigos imaginarios, corriendo y tirándose por el piso ante la respuesta generada por su feroz embate.
Ante esa situación, Lucía pensó rápidamente que hacer; recordó una frase pronunciada por su madre cuando se presentaban situaciones de emergencia: “a grandes males, magnos remedios”, corrió a buscar una hoja, pluma, sobre y estampilla de correo postal, para escribir a quien les había hecho una mala jugarreta.
La misiva decía así:

Querido Santa Claus:
Estoy preocupada porque anoche te estuvimos esperando y no llegaste a la casa de mi abuela, tampoco a la mía o a la de mis primos, excepto con Rosa y Octavio, quienes están constantemente presumiendo ante nosotros sus preciados tesoros.
No sabemos si nos estas castigando por no habernos portado bien todo el año, si te olvidaste de nuestra existencia o que circunstancias impidieron tu presencia.
Quizá el tiempo fue insuficiente para llegar a todos los hogares, o probablemente tus renos se resfriaron por el aire tan frío que calaba hasta los huesos, o un sinfín de problemas por los que pudiste pasar, de tal forma, que te quiero recomendar lo siguiente, deseando que este penoso acontecimiento no se vuelva a repetir:
En la próxima navidad, diseña un aparato especial, que permita girar rápidamente el contenido de tu costal, provocando con ello que salgan volando todos los regalos al unísono, pero, deberás ubicarte en el Ecuador, que, de acuerdo con la información proporcionada por el mapa y la maestra, es la mitad del mundo; de esa manera podrás terminar en tiempo y forma y no se te olvidará ningún niño de la tierra.
Atentamente
Lucía la decepcionada

Ella colocó cuidadosamente la carta dentro del sobre, la cerró, puso la estampilla y escribió los datos del destinatario y emisor.
De vuelta a casa, pudo observar y escuchar a sus primos, comprobando que solamente era el inicio de su suplicio; tan pronto como fue vista por los niños del barrio, salieron presurosos a su encuentro, cargando su preciado juguete bajo el brazo.
Lucía observaba con cierto recelo y enojo las caritas sonrientes y orgullosas, que limpiaban incesantemente las partículas de polvo cuya apresurada carrera había levantado y se postraban sobre la superficie de su nueva adquisición. Luis no dejaba de lustrar sus zapatos relucientes, Pedro, limpiaba con su pantalón las llantas de su camioneta de trabajo; Petra, fingía tomar el té; el zurdo, pateaba su pelota de fut; Ricardo, hacía un cerco de piedras para encerrar la granja de animalitos de plástico.
Otros, solamente traían una pequeña pelota de goma, la figura de un pequeño animal o simplemente no traía nada.
Con mirada de tristeza, Lucía pudo comprobar la diferencia de regalos que había entre uno y otro, de igual manera, la omisión y olvido total que algunos niños como ella, habían experimentado.
-Mamá, -preguntó con seriedad, – ¿por qué razón Santa Claus no traería la muñeca que le pedí, esa que cierra sus ojos y tiene pestañas?
-Perdón Lucía, -olvidé comentarte que justamente ayer recibí una carta de Santa, en la cual me pide informarte, que no pudo encontrarla, pero te dejó una bolsa con dulces y cacahuates bajo mi cama, – seguramente pensó que dormías a mi lado.
-Pero mamá, -contestó Lucía con lágrimas a punto de brotar de sus grandes ojos, -hoy fui a la tienda de la esquina y aún hay en existencia.
-Es que otras niñas escribieron su carta antes que tú y ya están apartadas, solo que el señor de la tienda no se ha dado cuenta, -contestó la madre.
¿Quién hace los juguetes que trae Santa Claus? Porque a Socorrito le dijo su mamá que no tenía dinero para comprar todos los presentes que los niños pedían y que por esa razón ella no había alcanzado.
-Claro que tiene sus ayudantes, -expresó la madre, con una sonrisa en su rostro; son los elfos, gente de estatura corta, que laboran todo el año, además ellos pueden vivir hasta por más de 300 años.
-Mami, ¿cómo le hace Santa Claus para viajar a todo el mundo en una sola noche? -Yo le escribí una carta con algunas recomendaciones.
-Exclamó orgullosa.
-Bueno, ese es uno de los milagros de navidad, recuerda que éstos no tienen explicación, simplemente suceden. Cada día está pletórico de esos acontecimientos maravillosos Lucía, solo que nuestros ojos los ven tan cotidianos y ordinarios que no podemos apreciar lo extraordinarios que son. -Tu existencia, inteligencia y salud, es uno de ellos, eres mi alegría, la chispa que enciende el motor de mi vida; quien me impulsa para seguir viviendo.
La mamá se aproxima y la toma entre sus brazos, entonces Lucía es testigo de un milagro de navidad, siente el amor incondicional de su madre; corre hacia donde están sus dulces y la tristeza por la muñeca desaparece de su rostro.
Su madre aprovecha esos instantes sublimes de mutuo entendimiento y le dice:
-Hay milagros que no se presentan en la forma en que nosotros quisiéramos, porque entonces estarían sujetos a la voluntad, capricho y necesidad de quien los solicita.
Por ejemplo, -prosiguió, – la vida en sí es un milagro, muchos embarazos no llegan a feliz término y su luz se extingue aún antes de haber sido encendida.
– ¿Recuerdas cuando tu hermanito vivía y crecía dentro de mi vientre?
-Cómo voy a olvidarlo, -respondió, si yo ansiaba cuidarlo, cargarlo y mimarlo, pero cuando él voló al cielo, lo único que quería es tenerte de vuelta a mi lado, recuperar a la mujer alegre que siempre me cuida y sonríe ante mis ocurrencias, la que aplaude, grita y canta junto conmigo; la que comparte mi cama, mis sueños y mi existencia. -Nunca más quiero verte triste mami.
-Pero, -prosiguió en seguida. ¿Por qué no se produjo el milagro de su nacimiento?
–Es lo que acabo de explicarte mi cielo, las cosas no suceden según nuestra voluntad.
-Entonces me imagino, que Dios posee un libro grande en su poder, donde dice cuánto tiempo va a vivir cada persona y la forma en que terminará su existencia. -Además, -prosiguió, también estará escrito que enfermedades va a padecer. Tal es el caso de la prima Lupita, que no puede caminar y usa silla de ruedas porque sus piernas no tienen fuerza para sostenerla.
-Las enfermedades, – dijo la madre con tristeza, son el resultado de situaciones diversas; puede ser la omisión o exceso de medicamento, como el caso de tu prima Lupe, que cuando nació, vivían en un rancho muy alejado y no le administraron la vacuna que previene la polio; pueden también deberse a un accidente, de nacimiento, entre otras más.
-Lo que yo deseo es que te quede claro, que navidad, significa nacimiento; cada año renacemos ante la esperanza de enmendar nuestros errores y de darnos la oportunidad de empezar de nuevo.
-La navidad. -prosiguió enfáticamente, no es sinónimo de recibir o dar regalos materiales, sino de compartir la mesa con el hambriento, dar de beber al sediento, ayudar a los enfermos, celebrar la vida, el cual, es el don más preciado que hemos recibido.
-Santa Claus vivirá en tu mente y corazón tanto como tú decidas creer en él, se esfumará de tu vida, en el momento que la duda te atormente y quieras que se cumpla tu voluntad.
Las grandes urbes y edificios que me has mostrado en tus libros de texto, no se hicieron de la noche a la mañana, se construyeron con paciencia, constancia, dedicación y perseverancia; se diseñaron para un plan específico y con un fin determinado.
Así es la fe, se edifica poco a poco, con el objetivo de ser una persona plena y feliz; debes aprender a valorar las cosas por su esencia, a ser agradecida, humilde, servicial, solidaria y empática ante las necesidades de los demás.
El compararse con otras personas, la egolatría y soberbia, son plagas que envilecen y empobrecen el espíritu.
-Un día, Lucía, -me marcharé de tu lado, no porque así lo tenga planeado, sino que, al ser mortal, debo responder a las leyes invariables de la naturaleza. Quiero irme tranquila, sabiendo que he sembrado en tierra fértil; que educarás a tus hijos en el milagro del amor, que buscarás mi rostro entre las estrellas y seguirás esperando con ilusión, paciencia, entusiasmo y alegría el que aparezca ese carruaje en el firmamento y que estés plena y segura que viene cargado de esperanzas; que en tus oídos resuene el ding dong de las campanas, como un recordatorio de ese nacimiento en ti misma, que escuches la sonora carcajada de papá Noel y te contagies de felicidad. No olvides que esa es la misión principal que tenemos en la tierra.
Un individuo feliz irradia entusiasmo, genera energía positiva y su presencia es requerida, como el faro que alumbra a los marineros llevándolos a puerto seguro.
El tiempo siguió su curso, al pasar de los años, la niña se hizo mujer y continuó creyendo; y cuando sus nietos le preguntaban la veracidad de la existencia de Santa Claus, ella contestaba plenamente:
-Tengo la certeza y seguridad que en navidad se hace visible, porque su esencia ha encontrado albergue en mi interior por siempre.
La niña hecha mujer, cada año, repite el rito de la abuela, porque ha comprendido que “el eterno retorno” es la misión de las estrellas; puede constatar que hay una más brillante en el cielo. Ahí reside el espíritu de la madre de Lucía, cuyo fulgor sigue iluminando su existencia. Sus enseñanzas siguen siendo piedra angular que rigen los cimientos de su vida familiar.

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